domingo, 16 de agosto de 2009

Capítulo 1: Tenochtitlán, Verano de 1996

SE INICIA LA VENTA DEL PETRÓLEO
La nueva compañía es USAPETROL OIL CO.




Se leía a ocho columnas en los diarios de la ciudad, del país y de algunas partes del mundo, pero Lupe tenía sus propios problemas... Ese día había salido de casa desde temprana hora, poco después de haber llegado, porque había discutido con su madre y se hallaba tan desesperada que no sabía qué hacer. Era el 6 de junio de 1996, día caluroso y despejado alrededor del medio día. Tomó el autobús y pronto llegó a Ciudad Universitaria donde se encontró con Armando, viejo amigo de la preparatoria y estudiante de teatro en Filosofía y Letras. Armando nunca había sentido verdadera amistad por Lupe, pero en esta ocasión se sintió extrañamente conmovido por la desesperanzada expresión en su rostro. – ¿Me invitas a comer Armando? preguntó Lupe a manera de súplica -¡Claro! Respondió Armando un tanto apresuradamente y la invitó a sentarse en un banco de los expendios de comida de la Facultad de Psicología, en la cual ella estudiaba con la esperanza de resolver con ello sus problemas económicos y familiares. -¿Pero cuéntame qué pasó? ¿Por qué esa cara?- preguntó Armando curioso y con aparente espontaneidad. – No sé como decirte- contestó Lupe, - lo que pasa es que mi mamá no me comprende y... ¡ya me corrió de la casa!- Lupe se cubrió la cara con las manos y una lágrima rodó por su amplia mejilla. Pero Armando bien sabía la razón. Poco antes había llamado a Alex y él le contó que Lupe se había emborrachado hasta perder la noción con él y con Cuauhtémoc en casa del último, pero Guadalupe decía mientras comía desesperadamente quesadillas llenas de lágrimas. – ¡Es que mi mamá piensa que soy una cualquiera! Decía en un auténtico melodrama. – ¡No Lupe!, ¿cómo crees? –Decía Armando mientras gozaba al verla sufrir y pensaba que bien merecido se lo tenía por liberal. Pero en realidad su pecado no era ese, sino ser tan desidiosa y no ponerse a trabajar de una buena vez. Pero claro que ante semejante situación de crisis económica, pocas personas tenían empleo y pocos de estos empleados eran estudiantes, amen de que los estudiantes no ganaban lo suficiente como para rentar un miserable cuarto de azotea. Lupe seguía ordenando más y más quesadillas, algunas con salsa roja, otras con salsa verde, otras más con guacamole y todo ello sin parar de llorar amargamente.

Mientras tanto Alex y Cuauhtémoc hacían la sobrecama al sur de la ciudad. ¡Ahhhhh..! Ya son más de las 12. Dijo Alex estirándose y buscándole forma a su reloj. -¿A qué hora se habrá ido Lupe? –Dijo Cuauhémoc- ¿¡A quien le importa esa gorda!? Reviró Alex soltando una risa sarcástica. Tenía de casado menos de un año y sin embargo nunca había abandonado su vida de soltero, así que Cuauhtémoc rió para sí al recordar ese dicho que versa: “el amor es una cosa esplendorosa, hasta que te cae tu esposa”, éste, pensaba no sin ironía, era el caso de su querido amigo. Alex era un chico alto, musculoso, blanco, de nariz pronunciada y con mucho sex apeal. Todavía no se levantaban cuando Cuauhtémoc recordó lo sucedido la noche anterior. -¿Qué tal baila estrip tis la gorda, eh?- -Mal, pero ya qué le hacemos.- Contestó Alex, siempre aparentando seriedad absoluta. – ¡Pero qué vergüenza!, ¿cómo pudimos...? –Calla, calla y nadie lo sabrá- interrumpió Alex mientras se miraban a los ojos en la forma malévola y a la vez simpática en la que solían sellar sus pactos de honor. Cuauhtémoc sugirió una cerveza para la resaca, como era de esperarse en una situación semejante, pero Alex recordó que debía presentarse a su trabajo, por lo menos a firmar. Su empleo en la burocracia le permitía este tipo de faltas continuas y su jefe le justificaba cualquier retardo, por exagerado que este fuera. Había entrado a trabajar hacía poco menos de un año cuando Reina se embarazó y de inmediato se había hecho muy amigo de su jefe y de una que otra secretaria que le tapaba sus faltas y le permitía salidas constantes. Pero Cuauhtémoc no disponía de un centavo para proveerse una celestial cerveza en un momento tan dramático. “¡Maldita pobreza!” pensó con momentánea resignación. Su vida había sido perseguida por la miseria desde que su padre había sido liquidado de la burocracia en tiempos del presidente Hurtado y de ahí en adelante, con las sucesivas crisis económicas, como la actual, su nivel de vida había ido descendiendo cada vez más y más y más, tanto así que, de no haber sido por la Universidad pública, en la que estaba inscrito, nunca hubiera podido estudiar carrera alguna. Su padre había conocido en la burocracia a una señora influyente del Partido Re Involucionario Transnacional, gracias a la cual habían obtenido un terreno (en zona de conservación ecológica), a pocos kilómetros de la Universidad y a unos cuantos pasos de Villa Cloaca, una zona habitacional y comercial importante al sur de la Ciudad. Cuauhtémoc se sentía como un polizonte en un crucero de lujo; siempre teniendo que andar ocultando de alguna forma su pobreza; sus tenis rotos, sus calcetines mal olientes y su cabello mal cortado por su hermana mayor. Lo único que le ayudaba era su mediana cultura y su “conciencia de clase social” cómo él decía. Pero eso no daba de comer, y mucho menos de tomar, así que para variar, estaba desesperado, con ganas de arrojarse al mar y de morir ahogado, o de salir huyendo del país, pero... era imposible. A lo lejos se escuchaba una canción de moda entre el vulgo:





Cuauhtémoc sentía ganas de matar al dueño de ese maldito estereo. Sentía ganas de volar al infinito y escapar de toda esa angustia que le llevaba siempre al mismo callejón sin salida de no tener un solo centavo en el bolsillo, ni para sus necesidades más elementales, más aún cuando esa sed exorbitante le desgarraba el espíritu. Estaba cansado de estar siempre rodeado de pazguatos ignorantes, religiosos y conformistas, pero eso sí, guapachosos y bullangueros hasta la muerte. Estaba harto de todo: ¡esa música no debería existir! –Dijo Cuauhtémoc enfurecido, a lo que Alex contestó de manera solemné: ¡Es un signo del Apocalipsis! Siguieron caminando hacia la parada de autobús por una calle de terracería donde cables de todos colores colgaban sobre viejos y endebles postes de madera que parecían a punto de derrumbarse, sólo los postes de la Compañía Telefónica Nacional, recién vendida al empresario Carlos Menen lucían firmes y relucientes. Desde que se conocieron en la preparatoria Alex había invitado a beber a Cuauhtémoc a su casa y poco a poco fueron haciéndose íntimos amigos. Ahora eran como hermanos, se conocían demasiado, habían llegado a discutir fuertemente e incluso en una ocasión se liaron a golpes por decidir quien era el más fuerte. Pero en un par de ocasiones Alex había salvado la vida a Cuauhtémoc, una vez al defenderlo de un taxista que lo quería matar mientras huían sin pagar, y otra ocasión en que Cuauhtémoc intentó suicidarse arrojándose al periférico desde un puente cercano a la preparatoria. Cuauhtémoc siempre se sentía en tremenda deuda con Alex. En cada borrachera se juraban lealtad y así había sido siempre. Alex se despidió de Cuauhtémoc y tomó el autobús rumbo a su oficina, no sin antes prometer que se volverían a reunir esa misma noche en la boda de Ernesto, un amigo común de la preparatoria.

Cuauhtémoc pensó en llamar a uno de los pocos amigos solteros que aún tenía: Salvador, o el Chava, como le decían en la preparatoria. Éste vivía a unos cuantos minutos de casa de Cuauhtémoc yendo hacia la Universidad por la Ruta de la Amistad. Vivía en un pequeño o más bien diminuto departamento de una sola recámara con sus padres y dos hermanos. La unidad habitacional donde vivía estaba bastante cerca de la Universidad, a la cual no le costaba más de diez minutos para llegar, aunque para su desgracia, no había podido terminar la preparatoria, pero según él, y para que sus padres no le retiraran el apoyo económico, estudiaba administración en la Universidad. Así que con la mesada de sus padres, más el dinero que su novia le prestaba cada quincena, se daba el lujo de invitar a beber a sus amigos y hasta de presumir de ropa más o menos fina. Sus padres lo querían mucho por ser “el único hijo que estudiaba en la Universidad”, como decían orgullosos. Por todo ello, su vida era un tanto desahogada y sólo esperaba una oportunidad para ser contratado por un equipo profesional de fútbol y poder destacar, o de poner un negocio que le asegurara un futuro como play boy. Cuauhtémoc tomó el auricular de un viejo teléfono que de milagro servía en la parada del autobús, depositó una moneda y giró el disco de marcar:

- ¿Sí?, ¿Chava?
- ¿Qué onda?, ¿Qué pachó compaito, cómo tas?
- ¿Vas a ir a la fiesta?
- ¡Clarines, clarinetes!
- Oye, fíjate que me quiero embrutecer.
- Ps fácil, ponte a ver la tele.
- No, en serio. ¿Invítame a la Parroquia, no?... lo que pasa es que estoy bien crudo y necesito urgentemente una cerveza.
- ¡Sí carnalito, ps' acabo de cobrar! ¿Qué, se te antojan unos taconetes? ¿Nomas dime a qué hora nos vemos?
- Pues ya, nomás en lo que llego.
- ¡Papas, ay voy!
- ¡Va!
- ¡Va!

Cuauhtémoc colgó el teléfono y sintió un gran alivio dentro de su alma. Ya casi podía sentir el sabor de la cerveza con sal y limón apagando esa espantosa sed que sentía desde la lengua hasta el estómago...

* * * * *

NO HAY RIESGO QUE EL POPO ESTALLE
Dijo el regente a pesar de las fumarolas de más de 4000 metros de altura.


Se leía el día anterior en la prensa local, cuando Armando y Salvador se hallaban en la gran explanada central de la Universidad, donde hacía exactamente 2001 años un pequeño volcán había cubierto la zona de lava ardiente y sepultado la ciudad de Cuicuilco, y en cuyo lugar ahora se hallaba la Ciudad Universitaria: a la derecha; la biblioteca central, donde se encontraban todos los mundos, Copernico, Ptolomeo, el Aleph... Al frente, más allá de la Rectoría, el estadio Olímpico ’68 (donde estando alguna vez en primera fila Salvador pensó para sí “¡Qué cerca estoy de la primera división!”) Alrededor de esta explanada se hallaban casi todas las facultades: Filosofía y Letras, Psicología, Economía (donde hacía unos 25 años había estudiado el ex presidente Carlos Slimas con el dinero del pueblo), Ciencias Políticas y la Facultad de Ciencias Exactas, y en el enorme centro; las islas... esa enorme explanada empastada y con algunos grupos de árboles sobre montículos ligeramente más altos que la hacían parecer precisamente un hermoso mar verde con algunas islas sobre él. Era el lugar de recreo favorito de los estudiantes pues ahí se reunían a jugar fútbol, tomar cerveza, leer y por supuesto las parejas a besarse. Era como un Jardín del Edén donde los hombres podían pecar a su antojo. Armando y Salvador se aprestaban a jugar un pequeño encuentro de fútbol cuando apareció Juan Diego (o “el chacal”, como le decían), estudiante de economía drogadicto, que en realidad nunca entraba a clases y que se dedicaba a vender droga, aunque según sus propias declaraciones aquello lo hacía “sólo para sostener sus estudios”. A sus hermanos les decían “los Almada”. Porque se sentían bandoleros, vendían cocaína, armas, robaban de todo y uno de ellos, el más joven y honesto, se había suicidado de un disparo en la cabeza cuando las tasas de interés se fueron al cielo, y debía más por intereses que lo que su camioneta costaba. Por todo ello ya nadie quería tener nada que ver con él ni con su familia, la verdad es que ya eran considerados demasiado peligrosos. Juan Diego les ofreció droga como quien vende pepitas y siguió su camino buscando clientes. Salvador, quien creía estudiar en el turno matutino, había llegado desde temprano a las islas y había encontrado a Armando leyendo Antígona.

Una canción de moda hacía 25 años sonaba en la radio de un joven que parecía dormido sobre el pasto.



Mientras tanto, en la Facultad de Filosofía, Ángeles (cuyos padres habían estudiado en la misma facultad) y Frida (hija de padres adinerados del Partido Re Involucionario Transnacional), salían de clases y se aprestaban a fumar un cigarrillo por los pasillos de la facultad, que a estas y a todas horas estaban repletas de estudiantes. Frida era una chica de tez moreno claro, de cabello negro con caireles largos y bastante bien formada, de 23 años de edad. Sus padres llevaban toda una vida de trabajo para el PRIT por lo que era de clase acomodada. -¿Vamos un rato a las islas? – preguntó Frida, mientras encendía un cigarro a Ángeles. -Sí, vamos a ver qué hay.- Contestó Ángeles sacando el humo por la boca de manera poco ortodoxa. Llevaban dos años estudiando filosofía, y ambas sentían no conocerse bien, quizá por las ataduras con las que suelen expresarse las mujeres en un mundo creado por hombres. Habían conocido a Armando por medio de Venustiano, quien había estudiado en la preparatoria con Armando y en filosofía con ellas. Era ese tipo de cosas que “el destino y sólo el destino consigue: poner cierta gente en nuestro camino”, pensaba Ángeles, parafraseando a Venus. -¿Te acuerdas de Venus?- Preguntó Ángeles a Frida. – Sí, claro que me acuerdo, ¡qué mala onda lo que le pasó!, ¿No? Dijo Frida con un largo suspiro y remató sincera -¡La vida es una locura! Ambas callaron pensativas y siguieron descendiendo las escaleras que las llevarían a las islas. Ángeles era una chica delgada, un poco alta, de tez blanca y de cabello lacio, escribía poesía y fumaba mucho, su rostro no era desagradable, pero se asemejaba mucho al de su padre, lo que le repugnaba a Cuauhtémoc, quien había sido alumno de su padre en la preparatoria. Al llegar a las islas encontraron a Armando y Salvador jugando como niños felices al fútbol. Llegaron a la “isla de la fantasía” y se sentaron sobre el pasto. La llamaban así porque ahí era donde se tenían los mejores viajes, según los más entendidos. Frida notó que tras de la Torre II de Humanidades los volcanes lucían más imponentes que de costumbre, quizá por la larguísima estela de humo que hacía ver al Popocatépetl más pequeño y al mismo tiempo más impactante. Armando se acercó y les pidió que fueran a un supermercado cercano a comprar cervezas, a lo que accedieron amigablemente. Minutos más tarde los cuatro amigos, incluyendo a los sedientos Armando y Salvador degustaban unas heladas y deliciosas cervezas, todos sentados bajo la sombra de un árbol. - ¿Ya no tienen clases? preguntó Armando. –No, y ustedes- respondió Frida. –No, nosotros no tuvimos clases, por eso estamos aquí desde temprano- Dijo Armando y agregó en voz más baja: -Oye Ángeles, ¿no traes mota? –Sí, aquí traigo un poco… contestó ella, sacó una pipa y, volteando para todos lados, empezó a llenarla con hierba. “¿¡No sé cómo pueden fumar eso!?” Pensó Salvador, mientras el calor de la tarde hacía que se consumieran las cervezas con asombrosa rapidez. Frida tomaba poco en ese momento, pero los demás lo hacían con devoción, y mientras hablaba como siempre de sus viajes a Nueva York, París, Venecia, etc., Salvador ojeaba una revista de Frida con sugerencias para hacer en el tiempo libre. En la sección de bares gay notó que un anuncio había sido subrayado:

Punto de Encuentro
Sólo damas, no cover
A partir de las 10:00 p.m.
Av. De la Paz # 15, San Ángel


Era jueves, pero los viernes eran días muertos en la Facultad, así que no estaban preocupados por tareas o por dormir temprano, y justo cuando regresaban del supermercado por tercera vez (con más botellas en cada ocasión), llegó Alma, otra amiga de Armando y Salvador conocida desde la preparatoria y a quien sentían tener años de no haber visto, pues ella no había entrado a la Universidad. Alma se sintió muy alegre de ver a sus ex compañeros, pero sobre todo de ver a Salvador, quien siempre le había atraído y quien ya estaba bastante tomado, aunque todavía coherente. Armando presentó a Alma con las otras chicas y las carcajadas brotaron recordando viejos tiempos... el Venus, el Alex, el Cuauh, el Amaro, la Gloria, la Lupe, en fin... la Naranja Mecánica en todo su esplendor. La plática se volvió amena, excepto para Ángeles y Armando, quienes aprovechando que la noche había caído comenzaron a besarse, mientras que Frida reía con las anécdotas que Alma y Salvador contaban cada vez más bebidos. De pronto Frida sintió extrañas ganas de beber al parejo de los demás, quizá porque hacía mucho tiempo que no tenía sexo y quería desahogarse un poco. Así que antes de ir a comprar más bebidas, propuso ir a su departamento, donde vivía sola desde hacía apenas un par de meses. Un hombre medio extraño se tambaleaba tras de un árbol cercano y parecía esconderse. Caminó con dificultad hacia otro árbol, lo abrazó y se detuvo tratando de mirar hacia donde estaban ellos. Era Juan Diego, quien se hallaba ya muy drogado y a quien desde luego deseaban evadir. Tomaron el rumbo opuesto y se alejaron dando alegres tumbos del lugar con rumbo al departamento de Frida. Subieron a su auto y salieron de la Universidad. En un restaurante cercano dejaron a Ángeles, pues su padre (iniciador de Venustiano en la filosofía), le aguardaba celoso todos los viernes para llevarla a casa.

Ya en el departamento de Frida, ella les ofreció jamón y queso con lo que amainaron definitivamente el hambre y ahora con más ahínco deseaban seguir bebiendo. Armando y Alma se sentaron en el love seat de la sala mirándose el uno al otro como dos enamorados que se encuentran al fin solos, y aunque a Alma le atraía Salvador, ahora con lo bebido encontraba a Armando sumamente guapo y varonil; su cabello largo, su barba de candado. Lo que al principio le había parecido un muchacho desaliñado, ahora le parecía irresistible, además, ¿Qué importa una aventura más cuando no se tiene novio, se vive para trabajar en un almacén “de prestigio” y con una hermana al otro lado de la gran ciudad? Se preguntó Alma cuando Armando la empezó a besar por toda la cara y el cuello. Frente a ellos, Salvador y Frida bailaban música romántica a media luz:



Alma y Armando fumaban marihuana ahora en una recámara del departamento, hasta que, después de amarse, Armando se sintió mareado, vomitó a un lado de la cama y se quedó dormido. Pero Alma no había satisfecho sus pasiones y sentía aún deseos, sólo que ahora con mayor fuerza que nunca pues alcanzaba a escuchar los gemidos de Frida provenientes de la sala y su imaginación volaba... así que se levantó y, desnuda como estaba se dirigió a la sala donde la oscuridad, la música y los gemidos creaban una atmósfera mística y seductora. Alma era morena, aunque de un tono muy claro, sus pechos grandes y firmes, su estatura bajita, pero su cabello era lacio, negro y largo y su cara era bonita. Se acercó lo suficiente para abrazar la espalda de Salvador; ese hombre alto, aunque lampiño y delgado que siempre había deseado. Frida, boca arriba sobre la alfombra, celebraba en silencio la llegada de Alma pues le había resultado muy atractiva desde que la vio llegar esa tarde en las islas. Así que pronto los tres cuerpos se confundieron mientras que Salvador, sorprendido y extraordinariamente excitado a la vez las veía besarse.... Ahora en la radio sonaba la canción:




Al mismo tiempo, en casa de Cuauhtémoc, la misma estación sonaba, sólo que ahora los gemidos eran de Lupe, quien a gatas, sobre la cama besaba a Cuauhtémoc, mientras que Alex la amaba por atrás. Lupe gritaba con locura y arañaba con desesperación... mil y una sensaciones le recorrían por todo el cuerpo hasta que se sintió desfallecer de tanto placer. En ese momento Cuauhtémoc entendió porque el sabio Tiresias aseguró que las mujeres eran capaces de sentir más placer que cualquier hombre.


* * * * *


HERMANO DEL EX PRESIDENTE PRESO
Acusado del crimen contra el ex candidato presidencial del PRIT


Leía Cuauhtémoc en los periódicos de mediodía, mientras un viejo autobús que parecía chimenea rodante lo llevaba a toda velocidad a la Parroquia, cantina ubicada a un costado de la Catedral de Xochimilco y a la cual acudían cada vez que Salvador “cobraba” o cada vez que por alguna extraña razón tenían algo de dinero. “¡Qué cosas pasan en este país,... qué decadencia...! –Pensó Cuauhtémoc-, esperaba que lo detuvieran, pero ¿por qué hoy que es la boda de mi amigo Ernesto…? Pues ojalá le den muchos años tras las rejas... Sólo espero que a Ernesto le vaya muy bien... aunque tengo mis dudas... creo que cada vez nos parecemos más a los gringos... quizá por ello los matrimonios ya no funcionan... pero, bueno, ella es muy bonita, de buena familia y holandesa y seguro que les va a ir muy bien... espero...” Estas resacas le hacían pensar demasiado rápido, pensaba demasiadas cosas en muy poco tiempo, como un loco. De pronto miró junto al puesto de periódicos una limosnera: “María” pensó. “¡Qué ambigua es esa palabra!... por un lado representa miles de indígenas, vendedoras ambulantes, limosneras o simples mujeres humildes y por otro lado a “la Doña”, esa mujer perfecta en todos los sentidos que representa la belleza, la cultura y la inteligencia femenina... y además también representa a María Sabina: esa mujer anciana, llena de sabiduría y que te hace viajar a los lugares más inexplorados de tu propia alma a través de los hongos sagrados… dicen que han venido a visitarla güeyes tan chingones como John Lennon y Bob Dylan... pero así es todo en este país; ambiguo... la siempre increíble realidad...” de pronto un joven flaco, medio despeinado con un sweater roído y un pantalón de secundaria que subió con una guitarra empezó a cantar desentonado:

Acuérdate de Acapulco
De aquellas noches
María bonita
María del alma…


Arribó a ese gran mercado lleno de flores y tráfico que se hallaba en el centro de Xochimilco cuando bajó del autobús y caminó entre “Marías”, vendedores, merolicos, frutas de temporada, niños que salían del colegio, jaurías de perros paria y multitud de amas de casa que regateaban precios a diestra y siniestra. Eran sólo algunas cuadras pero le parecía un vía crucis. Su cabeza le punzaba como una bomba a punto de estallar y sus pasos eran débiles, bajo un sol deslumbrante cuyos rayos caían insertándose como agujas en sus tiernos ojos. En los puesto del mercado ambulante sonaba a todo volumen la canción:




"¡¿Es que acaso nunca me van a dejar de perseguir estos malditos guapachosos?" pensó Cuauhtémoc mientras estaba a sólo media cuadra de la Parroquia... Por fin llegó, tomó asiento y pidió una bola de cerveza clara de barril michelada, y un enorme huarache con costilla de res. “Creo que lo que más amo en realidad de este país es la comida y la cerveza... sin olvidar el tequila, el pulque y el mezcal, claro está!” pensó Cuauhtémoc. “Es lo único que hacemos bien, porque ni las pirámides las hicieron los teotihuacanos: ¡dicen que cuando llegaron ya hasta estaban construidas!” Notó que en la mesa de atrás una feliz pareja cantaba la canción que enfrente sonaba en un televisor, mientras su hija corría de un lado a otro de la cantina riendo a carcajadas... en el televisor, una canción clásica de la música ranchera sonaba nítidamente:



No vale nada la vida
La vida no vale nada
Comienza siempre llorando
Y así llorando se acaba
Por eso es que en este mundo
La vida no vale nada...

Poco después apareció Salvador con zapatos negros bien boleados, un pantalón de mezclilla nuevo y una camisa impecablemente blanca. -¿Ya estás comiendo verdad maldito? -¡Claro!- Contestó Cuauhtémoc sin inmutarse. Salvador tomó asiento y pidió otras dos cervezas y más quesadillas para los dos a una señorita medio distraída que servía en esa zona de la cantina. –¿Qué pasó, vamos a ir a la boda?- Preguntó Salvador con entusiasmo. –¡Claro!- respondió Cuauhtémoc con orgullo y remató:

- ¡Faltaba más!...
Y luego dijo:
- ¿Sí va a ir toda la banda?
- Ya... ya confirmó Alex y a las chavas... Ángeles, Frida, Lupe... ¿y tú?
- Yo nomás invité al Chacal.
Cuauhtémoc estuvo a punto de escupir la cerveza.
- ¡Cómo eres pendejo, luego va a invitar al Checo! Ya sabes cómo son y nos pueden hacer quedar mal con los gabachos.
- No creo que vaya, parece que tenía que ir a Chalmita.
- Pues sólo espero que si van no hagan desmanes.
- ¡Oh, tú tranquilo y yo nervioso!

James llegaba esa tarde con su hermana Jennifer de Chicago y Cuauhtémoc bebió un largo trago, pues quería olvidar, aunque fuera por un momento, que el Chacal y el Checo podían ir a la fiesta. Brindaron una vez más, mientras las voces de la mesa de atrás sonaban cada vez más fuerte. Ahora en la T.V, el cantante de moda, un joven elegante, mujeriego y bien parecido que cantaba puros refritos decía:




-¡Aaaaaaaay Jalisco!- Gritó el señor de la mesa de atrás.... Poco después, una canción romántica interpretada por el mismo Don Juan, ídolo del pueblo y de moda ya hacía unos seis años, le recordó a Cuauhtémoc el amor de su vida:



Cuauhtémoc volvió a tener esa recalcitrante sensación de impotencia que siempre sintió por Virginia. Claro, era sólo un adolescente, -pensó Cuauhtémoc-, pero cuando se tienen dieciocho años uno es muy pendejo... Una repentina sensación de tristeza y melancolía lo embistió. –¿Qué tienes?- Preguntó Salvador.

– Nada, es sólo que esa canción me recuerda a Virginia. Anduve bien enculado con ella, ahora me doy cuenta. No sé si volveré a querer a alguien así... ¡era tan bella, pero tan cruel...!
– Ya olvídalo compadrito- Dijo Salvador con desdén y solidaridad al mismo tiempo y remató.
– ¡Salute!
– ¡Salud!

La pareja de la mesa de atrás los había estado observando y al calor de las copas quisieron invitar un trago a los “simpáticos muchachos”, como dijo Marcela, la mujer.

-Oigan muchachos, tómense una copa con nosotros.- dijo Marcela con voz entrecortada. A los chicos no les quedaba otra opción más que aceptar, así que dieron la media vuelta para poder conversar con la pareja. –¿Qué se toman muchachos, gustan otra cerveza? Preguntó amable el señor, al tiempo que ambos asintieron con algo de vana vergüenza, pues sabían que la invitación de una copa es sagrada para quien la ofrece, y en este caso, para quien la recibe también. La mesera iba y venía con cubas para la pareja y cervezas para los muchachos mientras que la niña ahora estaba tranquilamente sentada en otra mesa, mirando el televisor. La mujer preguntó:

- ¿Y tú cómo te llamas?
- Salvador, pero me dicen Chava.
- ¿Y tú?
- Cuauhtémoc.
- ¿Y a qué se dedican?
- Somos estudiantes –se apresuró a decir Salvador.
- ¿Y qué estudian?
- Él estudia periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y yo en la de administración. –Dijo Salvador mientras Cuauhtémoc pensaba: ¡otra vez su misma mentira de que estudia administración!

Gustavo era un hombre cuarentón, de bigote poblado, moreno, barrigón y con indicios de alopecia areata.
- El hombre dijo:
- ¡Qué bueno, los felicito!, échenle ganas, Yo soy Gustavo y ella es Marcela.
- Pues yo también los felicito -dijo Cuauhtémoc-, porque a pesar de ser un poco más grandes que nosotros, se ve que son un matrimonio feliz y su hija está muy bonita.

El semblante les cambió repentinamente. La mujer dejó su copa sobre la mesa y agachó la cara por un momento mientras que Gustavo buscó los cigarrillos en su camisa y les ofreció amable.

-La verdad ella es mi secretaria –dijo Gustavo- y la niña es su hija, aunque yo la considero mía, así que nos tenemos que andar escondiendo pa’ coger, porque mi mujer no quiere darme el divorcio. Pero nos queremos mucho y nos vamos a casar, ¿verdá mi amor?

Preguntó cariñosamente volteando a ver a Marcela, quien soltando el cigarro, levantó la cara para mirar tiernamente al hombre. Salvador y Cuauhtémoc intentaron mirarse, pero no lo hicieron, y como Salvador no supo que decir, Cuauhtémoc dijo hipócritamente.
–No pues, está bien... tienen derecho a hacer su vida juntos, ¿por qué no?
- Yo soy ingeniero –dijo mientras sacaba una tarjeta de presentación que les ofreció.

Gustavo D. Mordaz
Ingeniero Civil
Secretario de Acción Juvenil
Partido Re Involucionario Transnacional
Blvd. Juarez # 78, Quauhnáhuac, Morelos
Tel. 3 21 25

-¿¡Usted trabaja en el Partido Re Involucionario!? Preguntó Cuauhtémoc asombrado.
-Sí, ya tengo muchos años trabajando ahí.- Respondió tranquilo.

Cuauhtémoc trató de ocultar su indignación por beber con alguien de tan aborrecibles aficiones políticas. – ¿Y qué hace? Preguntó irónico Cuauhtémoc. – Me encargo de coordinar a los diferentes grupos de jóvenes que hay en el partido... pero no creas que soy militante de corazón, yo estuve en el movimiento de ’68, y esto lo hago por necesidad...

Cuauhtémoc no podía creer lo que escuchaba. ¿Cómo era posible semejante contradicción? –Es más, -dijo Gustavo- Nomás pa’ que se den una idea de lo que hacen los presidentes, te voy a decir esto: -dio un largo trago- Yo trabajé el sexenio pasado con Carlos Slimas... –Salvador y Cuauhtémoc lo miraron con atención- un día quince de septiembre estábamos en el balcón presidencial en el Zócalo, y cuando terminó de dar sus pendejadas de discurso me dijo, “vete a Garibaldi y te escoges el mejor mariachi y te los llevas a las Vegas. Allá nos alcanzan en el Caesar’s Palace. Pero vete volado porque quiero una mariachi cabrón.” Así es que escogí el mejor mariachi y me lo llevé en un avión especial hasta las Vegas. ¡Qué visa ni que la chingada! lo que lleváramos en el avión no lo registraba nadie... y nos trataron como reyes. El presidente estaba con su secretario, Córdoba Montesinos, y otros cabrones ahí bebiendo whisky y agasajando unas mujeres super buenas, que el gerente del hotel les había preparado.... nomás imagínense, vida de reyes, pero en la madrugada, otra vez córrele pa’ ca. –dijo mientras le daba un corto beso a Marcela. Salvador y Cuauhtémoc quedaron atónitos. – No y eso no es nada. El asesinato del ex candidato Coloso lo decidió Slimas por un pleito que tuvieron, pero todo resultó una estrategia genial para ganar votos y no perder el poder... yo vi muchas cosas mientras trabajé con Slimas, pero no puedo hablar nada, porque si se llegan a enterar me matan. –Dijo en voz más baja y volteando para todos lados, y después dijo extrañamente:

- ¡Salud porque muera el Partido Re Involucionario!
- ¡Salud!- Dijeron todos al unísono.

De pronto algo se le cayó a Marcela. Era un arete que parecía estar tratando de componer. La niña que estaba en la otra mesa se acercó tratando de ayudar a buscarlo. Marcela y Salvador, quienes quedaban frente a frente en la mesa rectangular del lado del pasillo, parecían buscarlo debajo del mantel. De pronto Cuauhtémoc, quien se había quedado callado, sintió un pellizco de Salvador e intuyó que debía distraer a Gustavo. -¡Los invito a una fiesta, es la boda de un viejo amigo! –dijo Cuauhtémoc mientras debajo de la mesa Marcela le hacía señas a su hija para que se alejara del lugar. La niña salió de la mesa, dio unos pasos hacia atrás y se detuvo un poco sorprendida mirando hacia abajo de la mesa. –No podemos. Tenemos un compromiso mañana en Quauhnáhuac y salimos temprano – Dijo Gustavo y continúo en voz más baja-: no te fíes de los amigos, yo sé lo que te digo, por eso yo nomás tengo uno- dijo mostrando el dedo medio extendido en forma obscena- Los amigos no valen la pena, yo por eso solamente ando con mi mujer- dijo buscando a Marcela con la mano por debajo de la mesa. Estaba tan ebrio que parecía no preocuparle que su mujer se hallara debajo de la mesa con Salvador. – Bueno- dijo después de terminar su cuba y subiendo el tono de voz. – Nosotros ya nos vamos. En ese momento Marcela apareció un poco despeinada. Era de tez blanca y usaba lentes, por momentos lucía atractiva. –Otro ratito mi amor, ¿sí? –dijo en tono de súplica a Gustavo. –Ya es tarde y hay que preparar las cosas. –Okey, está bien- dijo Marcela resignada. La pareja se despidió y salió por la primera de las dos puertas de la cantina con la niña de la mano. –¡Voy-vengo!- dijo Salvador y salió disparado hacia el baño, que estaba cerca de la segunda puerta. Cuauhtémoc pensó que esta era una de esas parrandas en las que suceden demasiadas cosas en muy poco tiempo y en las que todo el mundo se veía desde un ángulo muy diferente: la vida parecía ser una gran mentira, un degenere constante, pero a la vez irreal, ficticio... era un mundo de cualquier forma distinto al sobrio y al no poder decidir cual de los dos era el verdadero, optó por terminar su cerveza y pedir otras dos, ya que la de su amigo se hallaba también extinta... De pronto llegó Salvador exaltado. -¿¡Qué crees güey!?- Dijo Salvador con los ojos saltones de emoción:

- ¡Se metió al baño conmigo!
- ¿Quién? –Preguntó Cuauhtémoc
- ¡Ella, Marcela, después de que entré al baño entró ella y me empezó a acariciar por todas partes!- decía, casi gritaba Salvador.
- ¡¿A poco!?
- ¡Sí, y luego que empieza a tocar Gustavo la puerta, diciéndole que se había equivocado y entrado al baño de hombres!
- ¿No mames, y qué pasó?
- Nada, me dijo que la llamara y se fue...
- ¡Órale! –dijo Cuauhtémoc moviendo la cabeza de izquierda a derecha y con ligera envidia. – ¡Maldito suertudo…! ¿Y qué hacían debajo de la mesa?
- ¡Ella tiró el arete y empezó a tocarme bajo la mesa y me pedía que yo la tocara también! Me dio su teléfono, dice que tiene una hija como de 18 años que anda con chavos de nuestra edad. ¡Así que yo con la mamá y tú con la hija!
- ¡Y luego cambiamos!
- ¡Ja, ja, ja!
- ¡Ja, ja, ja!

Ambos rieron a carcajadas mientras la mesera ponía más cervezas sobre la mesa. Después de un largo trago y de prender otro cigarrillo Salvador preguntó. - ¿A qué hora nos vamos a ir a la fiesta? – Más tarde, apenas son las seis... –dijo Cuauhtémoc señalando el extraño reloj de la cantina que caminaba al revés para que los borrachos se confundieran aún más. – Está bien- dijo Salvador volviendo a reír, y pronto nuevas carcajadas inundaron la Parroquia, era inevitable reír a rienda suelta. - ¡Qué bárbaro eres, qué bárbaro...! – Decía Cuauhtémoc a manera de halago, y poco después continuó. – Nosotros también tuvimos festín ayer: Alex me fue a buscar a la escuela, fuimos a las islas a buscarlos, pero no los encontramos. Estuvimos un rato afuera del Che Guevara y nos fuimos a mi casa. –A de ver sido cuando fuimos por las chelas- interrumpió Salvador- Con razón – continúo Cuauhtémoc- pensamos que no habían ido y como ya era un poco tarde, nos fuimos a mi casa con la Lupe y nos la echamos entre los dos... ese Alex es un degenerado: apenas estaba yo empezando con Lupe cuando él la atacó por la espalda y le dio una puñalada trapera... nuevamente brotaron las risas sarcásticas, ahora más contenidas por una ligera sensación de remordimiento, pero pronto estallaron con más fuerza y ambos parecían mirarse con piedad y comprensión el uno por el otro. –Ya nos estamos pasando mucho- dijo Cuauhtémoc- en forma reflexiva. – Antes no éramos así. –Usted no se preocupe- Dijo Salvador levantando su tarro de cerveza y continúo: -Usté encomiéndese a la Virgen y verá.

-¡¿A la Virgen?! ¡¿Cómo cres?!...
–¡Salud!
-¡Salud! –Respondió Cuauhtémoc solidario y remató- Hasta que el delirium tremens nos separe...


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