domingo, 16 de agosto de 2009

El idilio de los volcanes

El Iztaccíhuatl traza la figura yacente
De una mujer dormida bajo el sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos
Como una apocalíptica visión;
Y estos dos volcanes solemnes
Tienen una historia de amor,
Digna de ser cantada en las complicaciones
De una extraordinaria canción.

Iztaccíhuatl –hace ya miles de años-
Fue la princesa más parecida a una flor,
Que en la tribu de los viejos caciques
Del más gentil capitán se enamoró.
El padre augustamente abrió los labios
Y díjole al capitán seductor
Que si tornaba un día con la cabeza
Del cacique enemigo clavada en su lanzón,
Encontraría preparados, a un tiempo mismo,
El festín de su triunfo y el lecho de su amor.

Y Popocatépetl fuese a la guerra
Con esta esperanza en el corazón:
Domó las rebeldías de las selvas obstinadas,
El motín de los riscos contra su paso vencedor,
La osadía despeñada de los torrentes,
La acechanza de los pantanos en traición;
Y contra cientos y cientos de soldados,
Por años de años gallardamente combatió.

Al fin tornó a la tribu, y la cabeza
Del cacique enemigo sangraba en su lanzón.
Halló el festín del triunfo preparado,
Pero no así el lecho de su amor;
En vez del lecho encontró el tumulto
En que su novia, dormida bajo el sol,
Esperaba en su frente el beso póstumo
De la boca que nunca en vida la besó.

Y Popocatépetl quebró en sus rodillas
El haz de flechas, y, en una sorda voz,
Conjuró las sombras de sus antepasados
Contra las crueldades de su impasible dios.
Era la vida suya, muy suya,
Porque contra la muerte ganó:
Tenía el triunfo, la riqueza, el poderío;
Pero no tenía el amor...

Entonces, hizo que veinte mil esclavos
Alzaran un gran túmulo ante el sol:
Amontonó diez cumbres
En una escalinata como de alucinación;
Tomó en sus brazos a la mujer amada,
Y él mismo sobre el túmulo la colocó;
Luego, encendió una antorcha y, para siempre,
Quedóse en pie alumbrado el sarcófago de su dolor.

Duerme en paz, Iztaccíhuatl: nunca los tiempos
Borrarán los perfiles de tu casta expresión.
Vela en paz Popocatépetl: nunca los huracanes
Apagarán tu antorcha eterna como el amor.

José Santos Chocano.

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