domingo, 16 de agosto de 2009

Portada

Título original y subtítulo

DICCIONARIO DE LA LOCURA,

Autobiografía no autorizada de un país convulsionado en fin de siglo

Dedicatoria

A mi amigo Venus

Epígrafes

La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco.
Salvador Dalí.

Veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal.
Séneca.

Algunos se convirtieron en secretarios de los secretarios del Secretario General del Infierno.
Octavio Paz.

El idilio de los volcanes

El Iztaccíhuatl traza la figura yacente
De una mujer dormida bajo el sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos
Como una apocalíptica visión;
Y estos dos volcanes solemnes
Tienen una historia de amor,
Digna de ser cantada en las complicaciones
De una extraordinaria canción.

Iztaccíhuatl –hace ya miles de años-
Fue la princesa más parecida a una flor,
Que en la tribu de los viejos caciques
Del más gentil capitán se enamoró.
El padre augustamente abrió los labios
Y díjole al capitán seductor
Que si tornaba un día con la cabeza
Del cacique enemigo clavada en su lanzón,
Encontraría preparados, a un tiempo mismo,
El festín de su triunfo y el lecho de su amor.

Y Popocatépetl fuese a la guerra
Con esta esperanza en el corazón:
Domó las rebeldías de las selvas obstinadas,
El motín de los riscos contra su paso vencedor,
La osadía despeñada de los torrentes,
La acechanza de los pantanos en traición;
Y contra cientos y cientos de soldados,
Por años de años gallardamente combatió.

Al fin tornó a la tribu, y la cabeza
Del cacique enemigo sangraba en su lanzón.
Halló el festín del triunfo preparado,
Pero no así el lecho de su amor;
En vez del lecho encontró el tumulto
En que su novia, dormida bajo el sol,
Esperaba en su frente el beso póstumo
De la boca que nunca en vida la besó.

Y Popocatépetl quebró en sus rodillas
El haz de flechas, y, en una sorda voz,
Conjuró las sombras de sus antepasados
Contra las crueldades de su impasible dios.
Era la vida suya, muy suya,
Porque contra la muerte ganó:
Tenía el triunfo, la riqueza, el poderío;
Pero no tenía el amor...

Entonces, hizo que veinte mil esclavos
Alzaran un gran túmulo ante el sol:
Amontonó diez cumbres
En una escalinata como de alucinación;
Tomó en sus brazos a la mujer amada,
Y él mismo sobre el túmulo la colocó;
Luego, encendió una antorcha y, para siempre,
Quedóse en pie alumbrado el sarcófago de su dolor.

Duerme en paz, Iztaccíhuatl: nunca los tiempos
Borrarán los perfiles de tu casta expresión.
Vela en paz Popocatépetl: nunca los huracanes
Apagarán tu antorcha eterna como el amor.

José Santos Chocano.

Capítulo 1: Tenochtitlán, Verano de 1996

SE INICIA LA VENTA DEL PETRÓLEO
La nueva compañía es USAPETROL OIL CO.




Se leía a ocho columnas en los diarios de la ciudad, del país y de algunas partes del mundo, pero Lupe tenía sus propios problemas... Ese día había salido de casa desde temprana hora, poco después de haber llegado, porque había discutido con su madre y se hallaba tan desesperada que no sabía qué hacer. Era el 6 de junio de 1996, día caluroso y despejado alrededor del medio día. Tomó el autobús y pronto llegó a Ciudad Universitaria donde se encontró con Armando, viejo amigo de la preparatoria y estudiante de teatro en Filosofía y Letras. Armando nunca había sentido verdadera amistad por Lupe, pero en esta ocasión se sintió extrañamente conmovido por la desesperanzada expresión en su rostro. – ¿Me invitas a comer Armando? preguntó Lupe a manera de súplica -¡Claro! Respondió Armando un tanto apresuradamente y la invitó a sentarse en un banco de los expendios de comida de la Facultad de Psicología, en la cual ella estudiaba con la esperanza de resolver con ello sus problemas económicos y familiares. -¿Pero cuéntame qué pasó? ¿Por qué esa cara?- preguntó Armando curioso y con aparente espontaneidad. – No sé como decirte- contestó Lupe, - lo que pasa es que mi mamá no me comprende y... ¡ya me corrió de la casa!- Lupe se cubrió la cara con las manos y una lágrima rodó por su amplia mejilla. Pero Armando bien sabía la razón. Poco antes había llamado a Alex y él le contó que Lupe se había emborrachado hasta perder la noción con él y con Cuauhtémoc en casa del último, pero Guadalupe decía mientras comía desesperadamente quesadillas llenas de lágrimas. – ¡Es que mi mamá piensa que soy una cualquiera! Decía en un auténtico melodrama. – ¡No Lupe!, ¿cómo crees? –Decía Armando mientras gozaba al verla sufrir y pensaba que bien merecido se lo tenía por liberal. Pero en realidad su pecado no era ese, sino ser tan desidiosa y no ponerse a trabajar de una buena vez. Pero claro que ante semejante situación de crisis económica, pocas personas tenían empleo y pocos de estos empleados eran estudiantes, amen de que los estudiantes no ganaban lo suficiente como para rentar un miserable cuarto de azotea. Lupe seguía ordenando más y más quesadillas, algunas con salsa roja, otras con salsa verde, otras más con guacamole y todo ello sin parar de llorar amargamente.

Mientras tanto Alex y Cuauhtémoc hacían la sobrecama al sur de la ciudad. ¡Ahhhhh..! Ya son más de las 12. Dijo Alex estirándose y buscándole forma a su reloj. -¿A qué hora se habrá ido Lupe? –Dijo Cuauhémoc- ¿¡A quien le importa esa gorda!? Reviró Alex soltando una risa sarcástica. Tenía de casado menos de un año y sin embargo nunca había abandonado su vida de soltero, así que Cuauhtémoc rió para sí al recordar ese dicho que versa: “el amor es una cosa esplendorosa, hasta que te cae tu esposa”, éste, pensaba no sin ironía, era el caso de su querido amigo. Alex era un chico alto, musculoso, blanco, de nariz pronunciada y con mucho sex apeal. Todavía no se levantaban cuando Cuauhtémoc recordó lo sucedido la noche anterior. -¿Qué tal baila estrip tis la gorda, eh?- -Mal, pero ya qué le hacemos.- Contestó Alex, siempre aparentando seriedad absoluta. – ¡Pero qué vergüenza!, ¿cómo pudimos...? –Calla, calla y nadie lo sabrá- interrumpió Alex mientras se miraban a los ojos en la forma malévola y a la vez simpática en la que solían sellar sus pactos de honor. Cuauhtémoc sugirió una cerveza para la resaca, como era de esperarse en una situación semejante, pero Alex recordó que debía presentarse a su trabajo, por lo menos a firmar. Su empleo en la burocracia le permitía este tipo de faltas continuas y su jefe le justificaba cualquier retardo, por exagerado que este fuera. Había entrado a trabajar hacía poco menos de un año cuando Reina se embarazó y de inmediato se había hecho muy amigo de su jefe y de una que otra secretaria que le tapaba sus faltas y le permitía salidas constantes. Pero Cuauhtémoc no disponía de un centavo para proveerse una celestial cerveza en un momento tan dramático. “¡Maldita pobreza!” pensó con momentánea resignación. Su vida había sido perseguida por la miseria desde que su padre había sido liquidado de la burocracia en tiempos del presidente Hurtado y de ahí en adelante, con las sucesivas crisis económicas, como la actual, su nivel de vida había ido descendiendo cada vez más y más y más, tanto así que, de no haber sido por la Universidad pública, en la que estaba inscrito, nunca hubiera podido estudiar carrera alguna. Su padre había conocido en la burocracia a una señora influyente del Partido Re Involucionario Transnacional, gracias a la cual habían obtenido un terreno (en zona de conservación ecológica), a pocos kilómetros de la Universidad y a unos cuantos pasos de Villa Cloaca, una zona habitacional y comercial importante al sur de la Ciudad. Cuauhtémoc se sentía como un polizonte en un crucero de lujo; siempre teniendo que andar ocultando de alguna forma su pobreza; sus tenis rotos, sus calcetines mal olientes y su cabello mal cortado por su hermana mayor. Lo único que le ayudaba era su mediana cultura y su “conciencia de clase social” cómo él decía. Pero eso no daba de comer, y mucho menos de tomar, así que para variar, estaba desesperado, con ganas de arrojarse al mar y de morir ahogado, o de salir huyendo del país, pero... era imposible. A lo lejos se escuchaba una canción de moda entre el vulgo:





Cuauhtémoc sentía ganas de matar al dueño de ese maldito estereo. Sentía ganas de volar al infinito y escapar de toda esa angustia que le llevaba siempre al mismo callejón sin salida de no tener un solo centavo en el bolsillo, ni para sus necesidades más elementales, más aún cuando esa sed exorbitante le desgarraba el espíritu. Estaba cansado de estar siempre rodeado de pazguatos ignorantes, religiosos y conformistas, pero eso sí, guapachosos y bullangueros hasta la muerte. Estaba harto de todo: ¡esa música no debería existir! –Dijo Cuauhtémoc enfurecido, a lo que Alex contestó de manera solemné: ¡Es un signo del Apocalipsis! Siguieron caminando hacia la parada de autobús por una calle de terracería donde cables de todos colores colgaban sobre viejos y endebles postes de madera que parecían a punto de derrumbarse, sólo los postes de la Compañía Telefónica Nacional, recién vendida al empresario Carlos Menen lucían firmes y relucientes. Desde que se conocieron en la preparatoria Alex había invitado a beber a Cuauhtémoc a su casa y poco a poco fueron haciéndose íntimos amigos. Ahora eran como hermanos, se conocían demasiado, habían llegado a discutir fuertemente e incluso en una ocasión se liaron a golpes por decidir quien era el más fuerte. Pero en un par de ocasiones Alex había salvado la vida a Cuauhtémoc, una vez al defenderlo de un taxista que lo quería matar mientras huían sin pagar, y otra ocasión en que Cuauhtémoc intentó suicidarse arrojándose al periférico desde un puente cercano a la preparatoria. Cuauhtémoc siempre se sentía en tremenda deuda con Alex. En cada borrachera se juraban lealtad y así había sido siempre. Alex se despidió de Cuauhtémoc y tomó el autobús rumbo a su oficina, no sin antes prometer que se volverían a reunir esa misma noche en la boda de Ernesto, un amigo común de la preparatoria.

Cuauhtémoc pensó en llamar a uno de los pocos amigos solteros que aún tenía: Salvador, o el Chava, como le decían en la preparatoria. Éste vivía a unos cuantos minutos de casa de Cuauhtémoc yendo hacia la Universidad por la Ruta de la Amistad. Vivía en un pequeño o más bien diminuto departamento de una sola recámara con sus padres y dos hermanos. La unidad habitacional donde vivía estaba bastante cerca de la Universidad, a la cual no le costaba más de diez minutos para llegar, aunque para su desgracia, no había podido terminar la preparatoria, pero según él, y para que sus padres no le retiraran el apoyo económico, estudiaba administración en la Universidad. Así que con la mesada de sus padres, más el dinero que su novia le prestaba cada quincena, se daba el lujo de invitar a beber a sus amigos y hasta de presumir de ropa más o menos fina. Sus padres lo querían mucho por ser “el único hijo que estudiaba en la Universidad”, como decían orgullosos. Por todo ello, su vida era un tanto desahogada y sólo esperaba una oportunidad para ser contratado por un equipo profesional de fútbol y poder destacar, o de poner un negocio que le asegurara un futuro como play boy. Cuauhtémoc tomó el auricular de un viejo teléfono que de milagro servía en la parada del autobús, depositó una moneda y giró el disco de marcar:

- ¿Sí?, ¿Chava?
- ¿Qué onda?, ¿Qué pachó compaito, cómo tas?
- ¿Vas a ir a la fiesta?
- ¡Clarines, clarinetes!
- Oye, fíjate que me quiero embrutecer.
- Ps fácil, ponte a ver la tele.
- No, en serio. ¿Invítame a la Parroquia, no?... lo que pasa es que estoy bien crudo y necesito urgentemente una cerveza.
- ¡Sí carnalito, ps' acabo de cobrar! ¿Qué, se te antojan unos taconetes? ¿Nomas dime a qué hora nos vemos?
- Pues ya, nomás en lo que llego.
- ¡Papas, ay voy!
- ¡Va!
- ¡Va!

Cuauhtémoc colgó el teléfono y sintió un gran alivio dentro de su alma. Ya casi podía sentir el sabor de la cerveza con sal y limón apagando esa espantosa sed que sentía desde la lengua hasta el estómago...

* * * * *

NO HAY RIESGO QUE EL POPO ESTALLE
Dijo el regente a pesar de las fumarolas de más de 4000 metros de altura.


Se leía el día anterior en la prensa local, cuando Armando y Salvador se hallaban en la gran explanada central de la Universidad, donde hacía exactamente 2001 años un pequeño volcán había cubierto la zona de lava ardiente y sepultado la ciudad de Cuicuilco, y en cuyo lugar ahora se hallaba la Ciudad Universitaria: a la derecha; la biblioteca central, donde se encontraban todos los mundos, Copernico, Ptolomeo, el Aleph... Al frente, más allá de la Rectoría, el estadio Olímpico ’68 (donde estando alguna vez en primera fila Salvador pensó para sí “¡Qué cerca estoy de la primera división!”) Alrededor de esta explanada se hallaban casi todas las facultades: Filosofía y Letras, Psicología, Economía (donde hacía unos 25 años había estudiado el ex presidente Carlos Slimas con el dinero del pueblo), Ciencias Políticas y la Facultad de Ciencias Exactas, y en el enorme centro; las islas... esa enorme explanada empastada y con algunos grupos de árboles sobre montículos ligeramente más altos que la hacían parecer precisamente un hermoso mar verde con algunas islas sobre él. Era el lugar de recreo favorito de los estudiantes pues ahí se reunían a jugar fútbol, tomar cerveza, leer y por supuesto las parejas a besarse. Era como un Jardín del Edén donde los hombres podían pecar a su antojo. Armando y Salvador se aprestaban a jugar un pequeño encuentro de fútbol cuando apareció Juan Diego (o “el chacal”, como le decían), estudiante de economía drogadicto, que en realidad nunca entraba a clases y que se dedicaba a vender droga, aunque según sus propias declaraciones aquello lo hacía “sólo para sostener sus estudios”. A sus hermanos les decían “los Almada”. Porque se sentían bandoleros, vendían cocaína, armas, robaban de todo y uno de ellos, el más joven y honesto, se había suicidado de un disparo en la cabeza cuando las tasas de interés se fueron al cielo, y debía más por intereses que lo que su camioneta costaba. Por todo ello ya nadie quería tener nada que ver con él ni con su familia, la verdad es que ya eran considerados demasiado peligrosos. Juan Diego les ofreció droga como quien vende pepitas y siguió su camino buscando clientes. Salvador, quien creía estudiar en el turno matutino, había llegado desde temprano a las islas y había encontrado a Armando leyendo Antígona.

Una canción de moda hacía 25 años sonaba en la radio de un joven que parecía dormido sobre el pasto.



Mientras tanto, en la Facultad de Filosofía, Ángeles (cuyos padres habían estudiado en la misma facultad) y Frida (hija de padres adinerados del Partido Re Involucionario Transnacional), salían de clases y se aprestaban a fumar un cigarrillo por los pasillos de la facultad, que a estas y a todas horas estaban repletas de estudiantes. Frida era una chica de tez moreno claro, de cabello negro con caireles largos y bastante bien formada, de 23 años de edad. Sus padres llevaban toda una vida de trabajo para el PRIT por lo que era de clase acomodada. -¿Vamos un rato a las islas? – preguntó Frida, mientras encendía un cigarro a Ángeles. -Sí, vamos a ver qué hay.- Contestó Ángeles sacando el humo por la boca de manera poco ortodoxa. Llevaban dos años estudiando filosofía, y ambas sentían no conocerse bien, quizá por las ataduras con las que suelen expresarse las mujeres en un mundo creado por hombres. Habían conocido a Armando por medio de Venustiano, quien había estudiado en la preparatoria con Armando y en filosofía con ellas. Era ese tipo de cosas que “el destino y sólo el destino consigue: poner cierta gente en nuestro camino”, pensaba Ángeles, parafraseando a Venus. -¿Te acuerdas de Venus?- Preguntó Ángeles a Frida. – Sí, claro que me acuerdo, ¡qué mala onda lo que le pasó!, ¿No? Dijo Frida con un largo suspiro y remató sincera -¡La vida es una locura! Ambas callaron pensativas y siguieron descendiendo las escaleras que las llevarían a las islas. Ángeles era una chica delgada, un poco alta, de tez blanca y de cabello lacio, escribía poesía y fumaba mucho, su rostro no era desagradable, pero se asemejaba mucho al de su padre, lo que le repugnaba a Cuauhtémoc, quien había sido alumno de su padre en la preparatoria. Al llegar a las islas encontraron a Armando y Salvador jugando como niños felices al fútbol. Llegaron a la “isla de la fantasía” y se sentaron sobre el pasto. La llamaban así porque ahí era donde se tenían los mejores viajes, según los más entendidos. Frida notó que tras de la Torre II de Humanidades los volcanes lucían más imponentes que de costumbre, quizá por la larguísima estela de humo que hacía ver al Popocatépetl más pequeño y al mismo tiempo más impactante. Armando se acercó y les pidió que fueran a un supermercado cercano a comprar cervezas, a lo que accedieron amigablemente. Minutos más tarde los cuatro amigos, incluyendo a los sedientos Armando y Salvador degustaban unas heladas y deliciosas cervezas, todos sentados bajo la sombra de un árbol. - ¿Ya no tienen clases? preguntó Armando. –No, y ustedes- respondió Frida. –No, nosotros no tuvimos clases, por eso estamos aquí desde temprano- Dijo Armando y agregó en voz más baja: -Oye Ángeles, ¿no traes mota? –Sí, aquí traigo un poco… contestó ella, sacó una pipa y, volteando para todos lados, empezó a llenarla con hierba. “¿¡No sé cómo pueden fumar eso!?” Pensó Salvador, mientras el calor de la tarde hacía que se consumieran las cervezas con asombrosa rapidez. Frida tomaba poco en ese momento, pero los demás lo hacían con devoción, y mientras hablaba como siempre de sus viajes a Nueva York, París, Venecia, etc., Salvador ojeaba una revista de Frida con sugerencias para hacer en el tiempo libre. En la sección de bares gay notó que un anuncio había sido subrayado:

Punto de Encuentro
Sólo damas, no cover
A partir de las 10:00 p.m.
Av. De la Paz # 15, San Ángel


Era jueves, pero los viernes eran días muertos en la Facultad, así que no estaban preocupados por tareas o por dormir temprano, y justo cuando regresaban del supermercado por tercera vez (con más botellas en cada ocasión), llegó Alma, otra amiga de Armando y Salvador conocida desde la preparatoria y a quien sentían tener años de no haber visto, pues ella no había entrado a la Universidad. Alma se sintió muy alegre de ver a sus ex compañeros, pero sobre todo de ver a Salvador, quien siempre le había atraído y quien ya estaba bastante tomado, aunque todavía coherente. Armando presentó a Alma con las otras chicas y las carcajadas brotaron recordando viejos tiempos... el Venus, el Alex, el Cuauh, el Amaro, la Gloria, la Lupe, en fin... la Naranja Mecánica en todo su esplendor. La plática se volvió amena, excepto para Ángeles y Armando, quienes aprovechando que la noche había caído comenzaron a besarse, mientras que Frida reía con las anécdotas que Alma y Salvador contaban cada vez más bebidos. De pronto Frida sintió extrañas ganas de beber al parejo de los demás, quizá porque hacía mucho tiempo que no tenía sexo y quería desahogarse un poco. Así que antes de ir a comprar más bebidas, propuso ir a su departamento, donde vivía sola desde hacía apenas un par de meses. Un hombre medio extraño se tambaleaba tras de un árbol cercano y parecía esconderse. Caminó con dificultad hacia otro árbol, lo abrazó y se detuvo tratando de mirar hacia donde estaban ellos. Era Juan Diego, quien se hallaba ya muy drogado y a quien desde luego deseaban evadir. Tomaron el rumbo opuesto y se alejaron dando alegres tumbos del lugar con rumbo al departamento de Frida. Subieron a su auto y salieron de la Universidad. En un restaurante cercano dejaron a Ángeles, pues su padre (iniciador de Venustiano en la filosofía), le aguardaba celoso todos los viernes para llevarla a casa.

Ya en el departamento de Frida, ella les ofreció jamón y queso con lo que amainaron definitivamente el hambre y ahora con más ahínco deseaban seguir bebiendo. Armando y Alma se sentaron en el love seat de la sala mirándose el uno al otro como dos enamorados que se encuentran al fin solos, y aunque a Alma le atraía Salvador, ahora con lo bebido encontraba a Armando sumamente guapo y varonil; su cabello largo, su barba de candado. Lo que al principio le había parecido un muchacho desaliñado, ahora le parecía irresistible, además, ¿Qué importa una aventura más cuando no se tiene novio, se vive para trabajar en un almacén “de prestigio” y con una hermana al otro lado de la gran ciudad? Se preguntó Alma cuando Armando la empezó a besar por toda la cara y el cuello. Frente a ellos, Salvador y Frida bailaban música romántica a media luz:



Alma y Armando fumaban marihuana ahora en una recámara del departamento, hasta que, después de amarse, Armando se sintió mareado, vomitó a un lado de la cama y se quedó dormido. Pero Alma no había satisfecho sus pasiones y sentía aún deseos, sólo que ahora con mayor fuerza que nunca pues alcanzaba a escuchar los gemidos de Frida provenientes de la sala y su imaginación volaba... así que se levantó y, desnuda como estaba se dirigió a la sala donde la oscuridad, la música y los gemidos creaban una atmósfera mística y seductora. Alma era morena, aunque de un tono muy claro, sus pechos grandes y firmes, su estatura bajita, pero su cabello era lacio, negro y largo y su cara era bonita. Se acercó lo suficiente para abrazar la espalda de Salvador; ese hombre alto, aunque lampiño y delgado que siempre había deseado. Frida, boca arriba sobre la alfombra, celebraba en silencio la llegada de Alma pues le había resultado muy atractiva desde que la vio llegar esa tarde en las islas. Así que pronto los tres cuerpos se confundieron mientras que Salvador, sorprendido y extraordinariamente excitado a la vez las veía besarse.... Ahora en la radio sonaba la canción:




Al mismo tiempo, en casa de Cuauhtémoc, la misma estación sonaba, sólo que ahora los gemidos eran de Lupe, quien a gatas, sobre la cama besaba a Cuauhtémoc, mientras que Alex la amaba por atrás. Lupe gritaba con locura y arañaba con desesperación... mil y una sensaciones le recorrían por todo el cuerpo hasta que se sintió desfallecer de tanto placer. En ese momento Cuauhtémoc entendió porque el sabio Tiresias aseguró que las mujeres eran capaces de sentir más placer que cualquier hombre.


* * * * *


HERMANO DEL EX PRESIDENTE PRESO
Acusado del crimen contra el ex candidato presidencial del PRIT


Leía Cuauhtémoc en los periódicos de mediodía, mientras un viejo autobús que parecía chimenea rodante lo llevaba a toda velocidad a la Parroquia, cantina ubicada a un costado de la Catedral de Xochimilco y a la cual acudían cada vez que Salvador “cobraba” o cada vez que por alguna extraña razón tenían algo de dinero. “¡Qué cosas pasan en este país,... qué decadencia...! –Pensó Cuauhtémoc-, esperaba que lo detuvieran, pero ¿por qué hoy que es la boda de mi amigo Ernesto…? Pues ojalá le den muchos años tras las rejas... Sólo espero que a Ernesto le vaya muy bien... aunque tengo mis dudas... creo que cada vez nos parecemos más a los gringos... quizá por ello los matrimonios ya no funcionan... pero, bueno, ella es muy bonita, de buena familia y holandesa y seguro que les va a ir muy bien... espero...” Estas resacas le hacían pensar demasiado rápido, pensaba demasiadas cosas en muy poco tiempo, como un loco. De pronto miró junto al puesto de periódicos una limosnera: “María” pensó. “¡Qué ambigua es esa palabra!... por un lado representa miles de indígenas, vendedoras ambulantes, limosneras o simples mujeres humildes y por otro lado a “la Doña”, esa mujer perfecta en todos los sentidos que representa la belleza, la cultura y la inteligencia femenina... y además también representa a María Sabina: esa mujer anciana, llena de sabiduría y que te hace viajar a los lugares más inexplorados de tu propia alma a través de los hongos sagrados… dicen que han venido a visitarla güeyes tan chingones como John Lennon y Bob Dylan... pero así es todo en este país; ambiguo... la siempre increíble realidad...” de pronto un joven flaco, medio despeinado con un sweater roído y un pantalón de secundaria que subió con una guitarra empezó a cantar desentonado:

Acuérdate de Acapulco
De aquellas noches
María bonita
María del alma…


Arribó a ese gran mercado lleno de flores y tráfico que se hallaba en el centro de Xochimilco cuando bajó del autobús y caminó entre “Marías”, vendedores, merolicos, frutas de temporada, niños que salían del colegio, jaurías de perros paria y multitud de amas de casa que regateaban precios a diestra y siniestra. Eran sólo algunas cuadras pero le parecía un vía crucis. Su cabeza le punzaba como una bomba a punto de estallar y sus pasos eran débiles, bajo un sol deslumbrante cuyos rayos caían insertándose como agujas en sus tiernos ojos. En los puesto del mercado ambulante sonaba a todo volumen la canción:




"¡¿Es que acaso nunca me van a dejar de perseguir estos malditos guapachosos?" pensó Cuauhtémoc mientras estaba a sólo media cuadra de la Parroquia... Por fin llegó, tomó asiento y pidió una bola de cerveza clara de barril michelada, y un enorme huarache con costilla de res. “Creo que lo que más amo en realidad de este país es la comida y la cerveza... sin olvidar el tequila, el pulque y el mezcal, claro está!” pensó Cuauhtémoc. “Es lo único que hacemos bien, porque ni las pirámides las hicieron los teotihuacanos: ¡dicen que cuando llegaron ya hasta estaban construidas!” Notó que en la mesa de atrás una feliz pareja cantaba la canción que enfrente sonaba en un televisor, mientras su hija corría de un lado a otro de la cantina riendo a carcajadas... en el televisor, una canción clásica de la música ranchera sonaba nítidamente:



No vale nada la vida
La vida no vale nada
Comienza siempre llorando
Y así llorando se acaba
Por eso es que en este mundo
La vida no vale nada...

Poco después apareció Salvador con zapatos negros bien boleados, un pantalón de mezclilla nuevo y una camisa impecablemente blanca. -¿Ya estás comiendo verdad maldito? -¡Claro!- Contestó Cuauhtémoc sin inmutarse. Salvador tomó asiento y pidió otras dos cervezas y más quesadillas para los dos a una señorita medio distraída que servía en esa zona de la cantina. –¿Qué pasó, vamos a ir a la boda?- Preguntó Salvador con entusiasmo. –¡Claro!- respondió Cuauhtémoc con orgullo y remató:

- ¡Faltaba más!...
Y luego dijo:
- ¿Sí va a ir toda la banda?
- Ya... ya confirmó Alex y a las chavas... Ángeles, Frida, Lupe... ¿y tú?
- Yo nomás invité al Chacal.
Cuauhtémoc estuvo a punto de escupir la cerveza.
- ¡Cómo eres pendejo, luego va a invitar al Checo! Ya sabes cómo son y nos pueden hacer quedar mal con los gabachos.
- No creo que vaya, parece que tenía que ir a Chalmita.
- Pues sólo espero que si van no hagan desmanes.
- ¡Oh, tú tranquilo y yo nervioso!

James llegaba esa tarde con su hermana Jennifer de Chicago y Cuauhtémoc bebió un largo trago, pues quería olvidar, aunque fuera por un momento, que el Chacal y el Checo podían ir a la fiesta. Brindaron una vez más, mientras las voces de la mesa de atrás sonaban cada vez más fuerte. Ahora en la T.V, el cantante de moda, un joven elegante, mujeriego y bien parecido que cantaba puros refritos decía:




-¡Aaaaaaaay Jalisco!- Gritó el señor de la mesa de atrás.... Poco después, una canción romántica interpretada por el mismo Don Juan, ídolo del pueblo y de moda ya hacía unos seis años, le recordó a Cuauhtémoc el amor de su vida:



Cuauhtémoc volvió a tener esa recalcitrante sensación de impotencia que siempre sintió por Virginia. Claro, era sólo un adolescente, -pensó Cuauhtémoc-, pero cuando se tienen dieciocho años uno es muy pendejo... Una repentina sensación de tristeza y melancolía lo embistió. –¿Qué tienes?- Preguntó Salvador.

– Nada, es sólo que esa canción me recuerda a Virginia. Anduve bien enculado con ella, ahora me doy cuenta. No sé si volveré a querer a alguien así... ¡era tan bella, pero tan cruel...!
– Ya olvídalo compadrito- Dijo Salvador con desdén y solidaridad al mismo tiempo y remató.
– ¡Salute!
– ¡Salud!

La pareja de la mesa de atrás los había estado observando y al calor de las copas quisieron invitar un trago a los “simpáticos muchachos”, como dijo Marcela, la mujer.

-Oigan muchachos, tómense una copa con nosotros.- dijo Marcela con voz entrecortada. A los chicos no les quedaba otra opción más que aceptar, así que dieron la media vuelta para poder conversar con la pareja. –¿Qué se toman muchachos, gustan otra cerveza? Preguntó amable el señor, al tiempo que ambos asintieron con algo de vana vergüenza, pues sabían que la invitación de una copa es sagrada para quien la ofrece, y en este caso, para quien la recibe también. La mesera iba y venía con cubas para la pareja y cervezas para los muchachos mientras que la niña ahora estaba tranquilamente sentada en otra mesa, mirando el televisor. La mujer preguntó:

- ¿Y tú cómo te llamas?
- Salvador, pero me dicen Chava.
- ¿Y tú?
- Cuauhtémoc.
- ¿Y a qué se dedican?
- Somos estudiantes –se apresuró a decir Salvador.
- ¿Y qué estudian?
- Él estudia periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y yo en la de administración. –Dijo Salvador mientras Cuauhtémoc pensaba: ¡otra vez su misma mentira de que estudia administración!

Gustavo era un hombre cuarentón, de bigote poblado, moreno, barrigón y con indicios de alopecia areata.
- El hombre dijo:
- ¡Qué bueno, los felicito!, échenle ganas, Yo soy Gustavo y ella es Marcela.
- Pues yo también los felicito -dijo Cuauhtémoc-, porque a pesar de ser un poco más grandes que nosotros, se ve que son un matrimonio feliz y su hija está muy bonita.

El semblante les cambió repentinamente. La mujer dejó su copa sobre la mesa y agachó la cara por un momento mientras que Gustavo buscó los cigarrillos en su camisa y les ofreció amable.

-La verdad ella es mi secretaria –dijo Gustavo- y la niña es su hija, aunque yo la considero mía, así que nos tenemos que andar escondiendo pa’ coger, porque mi mujer no quiere darme el divorcio. Pero nos queremos mucho y nos vamos a casar, ¿verdá mi amor?

Preguntó cariñosamente volteando a ver a Marcela, quien soltando el cigarro, levantó la cara para mirar tiernamente al hombre. Salvador y Cuauhtémoc intentaron mirarse, pero no lo hicieron, y como Salvador no supo que decir, Cuauhtémoc dijo hipócritamente.
–No pues, está bien... tienen derecho a hacer su vida juntos, ¿por qué no?
- Yo soy ingeniero –dijo mientras sacaba una tarjeta de presentación que les ofreció.

Gustavo D. Mordaz
Ingeniero Civil
Secretario de Acción Juvenil
Partido Re Involucionario Transnacional
Blvd. Juarez # 78, Quauhnáhuac, Morelos
Tel. 3 21 25

-¿¡Usted trabaja en el Partido Re Involucionario!? Preguntó Cuauhtémoc asombrado.
-Sí, ya tengo muchos años trabajando ahí.- Respondió tranquilo.

Cuauhtémoc trató de ocultar su indignación por beber con alguien de tan aborrecibles aficiones políticas. – ¿Y qué hace? Preguntó irónico Cuauhtémoc. – Me encargo de coordinar a los diferentes grupos de jóvenes que hay en el partido... pero no creas que soy militante de corazón, yo estuve en el movimiento de ’68, y esto lo hago por necesidad...

Cuauhtémoc no podía creer lo que escuchaba. ¿Cómo era posible semejante contradicción? –Es más, -dijo Gustavo- Nomás pa’ que se den una idea de lo que hacen los presidentes, te voy a decir esto: -dio un largo trago- Yo trabajé el sexenio pasado con Carlos Slimas... –Salvador y Cuauhtémoc lo miraron con atención- un día quince de septiembre estábamos en el balcón presidencial en el Zócalo, y cuando terminó de dar sus pendejadas de discurso me dijo, “vete a Garibaldi y te escoges el mejor mariachi y te los llevas a las Vegas. Allá nos alcanzan en el Caesar’s Palace. Pero vete volado porque quiero una mariachi cabrón.” Así es que escogí el mejor mariachi y me lo llevé en un avión especial hasta las Vegas. ¡Qué visa ni que la chingada! lo que lleváramos en el avión no lo registraba nadie... y nos trataron como reyes. El presidente estaba con su secretario, Córdoba Montesinos, y otros cabrones ahí bebiendo whisky y agasajando unas mujeres super buenas, que el gerente del hotel les había preparado.... nomás imagínense, vida de reyes, pero en la madrugada, otra vez córrele pa’ ca. –dijo mientras le daba un corto beso a Marcela. Salvador y Cuauhtémoc quedaron atónitos. – No y eso no es nada. El asesinato del ex candidato Coloso lo decidió Slimas por un pleito que tuvieron, pero todo resultó una estrategia genial para ganar votos y no perder el poder... yo vi muchas cosas mientras trabajé con Slimas, pero no puedo hablar nada, porque si se llegan a enterar me matan. –Dijo en voz más baja y volteando para todos lados, y después dijo extrañamente:

- ¡Salud porque muera el Partido Re Involucionario!
- ¡Salud!- Dijeron todos al unísono.

De pronto algo se le cayó a Marcela. Era un arete que parecía estar tratando de componer. La niña que estaba en la otra mesa se acercó tratando de ayudar a buscarlo. Marcela y Salvador, quienes quedaban frente a frente en la mesa rectangular del lado del pasillo, parecían buscarlo debajo del mantel. De pronto Cuauhtémoc, quien se había quedado callado, sintió un pellizco de Salvador e intuyó que debía distraer a Gustavo. -¡Los invito a una fiesta, es la boda de un viejo amigo! –dijo Cuauhtémoc mientras debajo de la mesa Marcela le hacía señas a su hija para que se alejara del lugar. La niña salió de la mesa, dio unos pasos hacia atrás y se detuvo un poco sorprendida mirando hacia abajo de la mesa. –No podemos. Tenemos un compromiso mañana en Quauhnáhuac y salimos temprano – Dijo Gustavo y continúo en voz más baja-: no te fíes de los amigos, yo sé lo que te digo, por eso yo nomás tengo uno- dijo mostrando el dedo medio extendido en forma obscena- Los amigos no valen la pena, yo por eso solamente ando con mi mujer- dijo buscando a Marcela con la mano por debajo de la mesa. Estaba tan ebrio que parecía no preocuparle que su mujer se hallara debajo de la mesa con Salvador. – Bueno- dijo después de terminar su cuba y subiendo el tono de voz. – Nosotros ya nos vamos. En ese momento Marcela apareció un poco despeinada. Era de tez blanca y usaba lentes, por momentos lucía atractiva. –Otro ratito mi amor, ¿sí? –dijo en tono de súplica a Gustavo. –Ya es tarde y hay que preparar las cosas. –Okey, está bien- dijo Marcela resignada. La pareja se despidió y salió por la primera de las dos puertas de la cantina con la niña de la mano. –¡Voy-vengo!- dijo Salvador y salió disparado hacia el baño, que estaba cerca de la segunda puerta. Cuauhtémoc pensó que esta era una de esas parrandas en las que suceden demasiadas cosas en muy poco tiempo y en las que todo el mundo se veía desde un ángulo muy diferente: la vida parecía ser una gran mentira, un degenere constante, pero a la vez irreal, ficticio... era un mundo de cualquier forma distinto al sobrio y al no poder decidir cual de los dos era el verdadero, optó por terminar su cerveza y pedir otras dos, ya que la de su amigo se hallaba también extinta... De pronto llegó Salvador exaltado. -¿¡Qué crees güey!?- Dijo Salvador con los ojos saltones de emoción:

- ¡Se metió al baño conmigo!
- ¿Quién? –Preguntó Cuauhtémoc
- ¡Ella, Marcela, después de que entré al baño entró ella y me empezó a acariciar por todas partes!- decía, casi gritaba Salvador.
- ¡¿A poco!?
- ¡Sí, y luego que empieza a tocar Gustavo la puerta, diciéndole que se había equivocado y entrado al baño de hombres!
- ¿No mames, y qué pasó?
- Nada, me dijo que la llamara y se fue...
- ¡Órale! –dijo Cuauhtémoc moviendo la cabeza de izquierda a derecha y con ligera envidia. – ¡Maldito suertudo…! ¿Y qué hacían debajo de la mesa?
- ¡Ella tiró el arete y empezó a tocarme bajo la mesa y me pedía que yo la tocara también! Me dio su teléfono, dice que tiene una hija como de 18 años que anda con chavos de nuestra edad. ¡Así que yo con la mamá y tú con la hija!
- ¡Y luego cambiamos!
- ¡Ja, ja, ja!
- ¡Ja, ja, ja!

Ambos rieron a carcajadas mientras la mesera ponía más cervezas sobre la mesa. Después de un largo trago y de prender otro cigarrillo Salvador preguntó. - ¿A qué hora nos vamos a ir a la fiesta? – Más tarde, apenas son las seis... –dijo Cuauhtémoc señalando el extraño reloj de la cantina que caminaba al revés para que los borrachos se confundieran aún más. – Está bien- dijo Salvador volviendo a reír, y pronto nuevas carcajadas inundaron la Parroquia, era inevitable reír a rienda suelta. - ¡Qué bárbaro eres, qué bárbaro...! – Decía Cuauhtémoc a manera de halago, y poco después continuó. – Nosotros también tuvimos festín ayer: Alex me fue a buscar a la escuela, fuimos a las islas a buscarlos, pero no los encontramos. Estuvimos un rato afuera del Che Guevara y nos fuimos a mi casa. –A de ver sido cuando fuimos por las chelas- interrumpió Salvador- Con razón – continúo Cuauhtémoc- pensamos que no habían ido y como ya era un poco tarde, nos fuimos a mi casa con la Lupe y nos la echamos entre los dos... ese Alex es un degenerado: apenas estaba yo empezando con Lupe cuando él la atacó por la espalda y le dio una puñalada trapera... nuevamente brotaron las risas sarcásticas, ahora más contenidas por una ligera sensación de remordimiento, pero pronto estallaron con más fuerza y ambos parecían mirarse con piedad y comprensión el uno por el otro. –Ya nos estamos pasando mucho- dijo Cuauhtémoc- en forma reflexiva. – Antes no éramos así. –Usted no se preocupe- Dijo Salvador levantando su tarro de cerveza y continúo: -Usté encomiéndese a la Virgen y verá.

-¡¿A la Virgen?! ¡¿Cómo cres?!...
–¡Salud!
-¡Salud! –Respondió Cuauhtémoc solidario y remató- Hasta que el delirium tremens nos separe...


Capítulo II, Tetitlán, Semana Santa de 1990

EL PAPA VISITÓ EL VALLE DE CHALCO
Uno de los municipios más pobres del continente


Se leía a ocho columnas en los diarios la mañana en que una parte de la Naranja Mecánica arribaba a Acapulco. Su destino final era Tetitlán: un pueblito ubicado a unas dos horas más de camino yendo hacia el norte por la costera. Roberto había invitado a sus amigos de la preparatoria a pasar unos días en el pueblo de su padre, quien, divorciado de su madre hacía muchos años, vivía humilde pero tranquilamente en compañía de otra mujer. Iban a celebrarse los quince años de su prima Dulce y Roberto era uno de los que habría de bailar el vals con ella. El día anterior por la noche, un jueves, Armando, Roberto y Venus habían salido de Tenochtitlán, arribando a Tetitlán después de ocho horas de camino en la mañana del viernes. Ese viernes, luego de hacer los últimos preparativos, Salvador, Cuauhtémoc, Alex y Gloria partían rumbo al pueblo. Eran las seis de la mañana y la bahía de Acapulco se admiraba en todo su esplendor: un hermoso brillo relumbraba sobre el agua de un color azul profundo y desde la altura algunos barcos pequeños se alcanzaban a ver blancos e inermes. Los hoteles sobre la playa asemejaban grandes naves de colores claros y elegantes. Las casuchas construidas al rededor de la bahía y sobre las faldas del cerro hablaban de la miseria que en realidad se vivía en aquel puerto. El autobús se enfilaba rumbo a Tecpan, pueblo ubicado entre Acapulco y Zihuatanejo donde había que bajar para tomar una camioneta hacia Tetitlán. “Lo bueno que les prestaste la tienda de campaña a esos bueyes, porque dijeron que ni todo el piso de la casa alcanzaría pa’ costar a tanto cabrón que va ir” mencionó Roberto a Cuauhtémoc poco antes de partir hacia el pueblo. Roberto era un chico alegre, ligeramente pasado de peso, de rasgos finos y delicados. Muchas chicas lo encontraban atractivo, su cabello era corto y lacio, su peinado de raya a un lado y su porte siempre de conquistador. Estaba a punto de cumplir los 19 años y los pensaba celebrar con un concierto de Pedro Infante en su casa para sus amigos e invitados, ya que tenía buena voz y solía interpretar música ranchera mientras se duchaba y planeaba en un futuro cercano enrolarse de mariachi en Garibaldi.

Acababan de despertar en el autobús y Cuauhtémoc recordó a Virginia. Ella había pasado las navidades en Tenochtitlán, donde había nacido hacía dieciocho años y donde aún vivían sus tíos. La chica radicaba en Cancún y Cuauhtémoc se hallaba sumamente enamorado de ella. Virginia en un principio aceptó el noviazgo, pero pronto desistió y prefirió llevar una relación sin compromiso confesando estar comprometida con un chico de Cancún. Cuauhtémoc estuvo de acuerdo en un principio sin sospechar problema alguno, pero conforme pasaron los días se fue viendo más y más involucrado con esa chica bajita, bronceada, bonita, de busto grande, de cabello al hombro y de alegres ojos. Cuauhtémoc tomó en ese momento la radio portátil y colocó una cinta que llevaba en su mochila. Pensó que a nadie le molestaría un poco de música ya que había amanecido y la mayoría de los pasajeros habían descendido en Acapulco. Asientos más adelante unos turistas murmuraban algo en inglés y la música sonó:



Durante la noche anterior habían bebido algunas cervezas y ahora tenían un poco de sed, pero pronto llegaron a Tecpan. Bajaron junto con algunos extranjeros quienes ordenaron comida en la cafetería de la estación, si es que se podía llamar así; era una casa con portales en la entrada, una ventana que funcionaba como taquilla y algunas mesas y sillas de bejuco roído. Un hombre de edad media, bastante moreno que caminaba sin camisa y con un gran machete en mano les informó que cuadras más hacia el sur partían las camionetas que los llevarían al pueblo. Un intenso olor a humedad invadía el ambiente y algunos pobladores ya salían a sus labores. Era un pequeño pueblo con una sola calle importante, es decir la carretera panamericana. Muchos autobuses de pasajeros pasaban por ahí, camionetas que transportaban frutas, café, ganado y pasajeros por igual. Algunos autos lujosos con turistas nacionales y extranjeros también paseaban por la carretera. La temperatura era fresca aún, aunque esto no duraría por mucho tiempo. Una mujer barría la entrada de su casa y arrojaba agua a la tierra arenosa de la calle. Las casas eran de cemento construidas en alto con columnas que sostenían las tejas de los techos. “¡Aquí saleng lah camionetah muchachoh!, gritó el mismo hombre del machete que ahora pasaba en la parte trasera de una pick up. Llegaron a la camioneta y subieron a la parte trasera junto a algunos lugareños. Iban de regreso por la misma carretera que los había traído y la gente los miraba con curiosidad: “chilangos” pensaron sin titubear y les perdieron interés. Un hombre iba colgando en la parte trasera de la camioneta, la cual tenía caja de madera, dos tablas horizontales a cada lado para sentarse y un tubo que atravesaba paralelo al techo del que se podían sujetar.

TETITLÁN →

Viraron hacia el este y se adentraron en la vegetación. Era un angosto camino de terracería bordeado por innumerables palmeras. En un hermoso estanque a la derecha blancas aves cantaban el amanecer. Los muchachos se miraban unos a otros un tanto sorprendidos por la belleza del lugar. Una señora que llevaba leche en un gran recipiente de hojalata sonrió a los muchachos al notar su admiración.

-¿Eh la primera veh que vieneng a Tetitlang?
-Sí, venimos a los quince años de Dulce. Contestó Cuauhtémoc.
-¡¿Dulhe?! ¡Hahe mucho que no la veíamoh por aca...!
Contestó la señora extrañada.

Pronto llegaron al pueblo y caminaron hasta la casa de la abuela de Roberto. Era un lugar muy agradable, con calles de arena y casas construidas de cemento y con techos de tejas. Un pueblo realmente pequeño donde no podía pasar nada sin que todo el mundo se enterara de inmediato, de hecho casi todos los pobladores eran familiares directos. En la casa de la abuela, algunos todavía dormían. Tras las ventanas, curiosos ojos seguían secretamente cada uno de sus pasos.

-Ahí está la tienda de campaña, voy a despertar a esos pinches güevones.

Dijo Alex al ver una tienda de campaña, la cual era verde y bastante grande. Cuauhtémoc sabía que no era la suya, pues ésta era mucho más pequeña y de color rojo, pero Alex soltó las maletas y corrió hacia la tienda de campaña, levantó el cierre y gritó pateando a los que yacían dormidos:

-¡Órale cabrones, ya levántense para irnos a la playa!

Una voz aguardientosa que salió del fondo de la tienda respondió.

-¿¡Qué te pasa chavo, qué quieres?!
-¡Ay, perdón!

Dijo Alex bajando el cierre de la tienda mientras que Cuauhtémoc, Chava, y Gloria reían a carcajadas.

Gloria tenía veinte años, vivía sola y mantenía relaciones sin compromiso con Alex desde hacía unos meses, y aunque él estaba enamorado de ella, ni lo aceptaba, ni lo hacía notar. Ella era delgada, de piernas bien torneadas, su cabello era rizado y largo, le gustaba mucho la música rock de los 60s y 70s y también acostumbraba fumar marihuana. Los chicos entraron en la casa. Aquello parecía un campo de batalla: gente tirada por todas partes, tapados con sábanas blancas. La abuela los pasó a la cocina y les ofreció café. En el patio trasero todavía dormían Roberto, Armando y Venus en la tienda de campaña de Cuauhtémoc. Salvador propuso ir a despertarlos, así que se dirigieron hacia ese patio que más bien parecía una pequeña granja. “¡Aguanten!”, dijo Alex mientras atrapaba una gallina que pasaba por ahí. Salvador levantó el cierre, la gallina cayó en la cabeza de Armando y Salvador bajó el cierre: “¡cuac, cuac, cuac, cuac!” se escuchaba junto con los gritos desaforados de Venus quien era muy nervioso y asustadizo y no entendía lo que pasaba. Desde afuera se veía como se iba inflando la tienda por donde la gallina pasaba saltan-volando de las patadas que le propinaban, hasta que Armando subió el cierre y expulsó la gallina de un patadón. Desde la tienda brotaron maldiciones para todos lados.

El calor empezó a arreciar y los muchachos decidieron caminar hasta la playa. Ahora el pueblo tenía más vida: la gente era morena, bronceada, amables y amistosos, aunque de carácter fuerte; fácilmente estaban dispuestos a defender, machete en mano y con la vida, cualquier afrenta contra sus pretendidas o contra sus pertenencias. Las mujeres, por su parte, eran bastante coquetas con los muchachos pues soñaban con que aquellos las llevarían a la Gran Ciudad donde, creían, serían redimidas de la pobreza. Caminaron unas pocas cuadras y el pueblo terminó. Las calles eran de tierra, o más bien arenosas. El camino serpenteaba para entrecruzarse con el hermoso río Tecpan de aguas claras y templadas. Mucha gente caminaba, algunos adelante, otros atrás, en su mayoría “chilangos”, como llamaban a los centralistas de Tenochtitlán. A diario se celebraban al menos dos fiestas, pues los habitantes del pueblo tenían la tradición de celebrar sus bodas y quince años en Semana Santa, y todo el pueblo acudía a comer y beber gratis. Era por esto que había muchos visitantes, quienes caminaban alegres hacia la playa entre verdes cerros, huertas, abejas y carretas tiradas por bueyes. Por fin llegaron hasta una laguna donde una lancha llena de gente estaba lista para zarpar hacia Playa Paraíso. Era una gran laguna rodeada de exuberante vegetación que parecía salir de todos lados. Aves blancas de todos los tamaños volaban sobre la lancha mientras que otras flotaban plácidamente sobre el agua. Un joven de tez muy blanca abrazaba a una muchacha y ya había sido tan quemado por el sol que estaba rojo como un camarón. Niños, señoras y familias enteras abarrotaban la lancha. El cayuco zarpó y se enfiló rumbo a la playa que estaba a solo unos dos kilómetros de distancia. La laguna estaba rodeada por huertas donde pastaban vacas, bueyes y cebúes, el cielo era completamente azul, la laguna también y alrededor todo era verde, bajo un sol esplendoroso. Algunas personas tomaban fotos en los fugaces momentos del viaje. Poco antes de llegar a la otra orilla ya se escuchaban las olas del mar rompiendo con fuerza, e incluso se alcanzaba a ver la espuma que brincaba más alto. Desembarcaron de la lancha, bajando mochilas y grabadoras. Intensa emoción sintió Venus, quien nunca había tenido la oportunidad de ver el mar con sus propios ojos. Corrió hacia el mar. Se detuvo por un momento frente a él, y volvió a correr. “¡El mar, el mar!”, gritó, pero más tardó en intentar meterse que en lo que una gran ola lo abofeteó y lo escupió hasta la orilla... Era mar abierto, por lo que el oleaje era regularmente alto y no era fácil bañarse en esas aguas, excepto para quienes sabían colocarse detrás de la zona donde rompen las olas y tenían buena condición física. Así que se instalaron en una ramada y algunos descansaron en las hamacas. La brisa del mar era refrescante y el paisaje inmejorable. Bajo la sombra de cualquiera de esas ramadas podía admirarse al frente el inmenso océano Pacífico formando un extensísimo arco de este a oeste, la gran laguna en la parte trasera, y un cielo precioso y sin nube alguna: “el sitio ideal para beber”, pensó Cuauhtémoc. Era apenas medio día y el calor ya hacía sudar a cualquiera, incluso a Venustiano quien de inmediato se apoderó de una hamaca y comenzó a leer un libro de poesía de Bequer.

Venustiano vivía cerca a la casa de Cuauhtémoc, en los multifamiliares de Villa Cloaca, donde su madre, divorciada de su padre hacía mucho tiempo, vivía con un tipo gordo y antipático. Su padre, quien debido a su alcoholismo y a que vendía pollo le apodaban “el pollo loco”, vivía frente al mercado de Portales, donde tenía su negocio. Su relación era algo peculiar: alguna vez estando discutiendo con su padre, Venus arrojó la televisión por la ventana y su padre, al ver esto, cogió la más pequeña -una radio-T.V.-, y también la lanzó por la ventana... ¡faltaba más! Tenía dos hermanos y una hermana. Penelope era una muchachita no muy fea que estudiaba aún la secundaria. Norman, su hermano mayor, era el más rebelde y empezaba a probar las drogas, y William, el más pequeño, era enano y aunque ya tenía sus 14 años, estudiaba aún la primaria por cuestiones de deficiencia mental. Venus era una persona muy sensible y apasionada, gustaba mucho de la literatura y la poesía y pensaba estudiar ingeniería genética pues pretendía ''crear un ser humano perfecto'', aunque por el momento sólo escribía versillos inspirados por Modesta, mujer oriunda de Oaxaca, bajita, morena y un poco bizca que trabajaba en el negocio de su padre y quien, ávida de interés, estaba deseosa de enamorar al “hijo del patrón”, aunque este tampoco fuera ni remotamente guapo. Venus, aunque bajo en estatura, ostentaba un cuerpo musculoso y atlético pues además de ser maratonista, practicaba el canotaje en la pista olímpica de Cuemanco, donde hacía unos veintidós años su padre había visto perder a todos los nacionales que compitieron en las olimpiadas. Su piel era morena, su cabello negro, lacio y un poco largo o más bien descuidado. Sus rasgos eran gruesos en general y a pesar de ser tan introvertido, sus amigos lo apreciaban mucho por ser tan desprendido, sincero e incondicional. En una hamaca cercana un hombre moreno y panzón parecía dormir con una cerveza a un lado y la música en una grabadora a máximo volumen.




Tiburón, tiburón… tiburón, tiburón
tiburón a la vista, bañista,
un tiburón, quiere comer
de mi carnita, no va a poder...


Después de haberse divertido jugando fútbol y nadando un buen tiempo en la playa, en sesiones alternadas entre el mar y la laguna, los muchachos volvieron al pueblo a prepararse para la fiesta. Lo que por la mañana eran mujeres descalzas de cabellos de estropajo, ahora eran diosas griegas de fuertes músculos, amplias caderas, vestidos escotados y diminutas faldas ceñidas estupendamente a sus húmedos y bronceados cuerpos. Era increíble la cantidad de dinero que, era obvio, habían invertido en dichas fiestas; había por lo menos dos grupos musicales en cada una de ellas con un equipo de sonido impresionante, la gente era muy alegre y la cena constaba de carne de buey con tortillas, salsa y frijoles. La música tropical era su delirio y la fiesta resultó todo un éxito. Pero cuando para los tetitleños ésta ya había terminado, para la Naranja Mecánica apenas comenzaba y se hallaba en plena euforia alcohólica. Cuauhtémoc propuso visitar el panteón que se hallaba a las afueras del pueblo y se dirigieron hasta allá con la radio portátil, llegaron hasta lo que parecía ser el centro y bailaron con una canción de moda:



Bailaron durante algún tiempo sobre las tumbas en lo que parecía ser un ritual maldito. Gloria sacó un cigarro de marihuana, todos fumaron, y por un momento se fundieron con las almas de los muertos. Alex y Gloria se perdieron en las tumbas y momentos después Venus salió corriendo gritando que lo perseguía un caballo negro.

* * * * *

VAMOS DIRECTO AL PRIMER MUNDO:
Afirmó anoche el presidente Slimas


Se leía en los diarios la mañana en que el calor obligaba a los muchachos a levantarse. La gente del pueblo los miraba con asombro, y algunos hasta con miedo. Todo Tetitlán sabía lo que habían hecho y ahora eran considerados verdaderos locos desquiciados. La casa parecía nuevamente un campo de batalla: cuerpos tirados por doquier que parecían estar heridos de muerte, algunos incluso se quejaban, en especial los más viejos, a quienes parecía calarles hondo la resaca. En la televisión a diario se escuchaban noticias sobre la invasión de Irak a Kuwait y de la nueva y horrible guerra que se avecinaba.

Por la tarde, Cuauhtémoc y Venus decidieron escalar un pequeño cerro que se hallaba junto al pueblo mientras que los demás prefirieron regresar a la playa. Ascendieron con libros, cuadernos y una tabla ouija hasta llegar a la cúspide, donde subieron a una gran roca blanquizca y se sentaron sobre ella. Miraron a su alrededor; el paisaje era descomunal: unos cinco kilómetros al frente, el sublime espectáculo del océano Pacífico, antes, un poco a la derecha, la hermosa laguna y aun antes el río Tecpan escurriéndose entre cientos de palmeras. Hacia Zihuatanejo, huertas y más palmeras y hacia Acapulco, una zona pantanosa, pero verde también. El resto parecía una enorme alfombra de color esmeralda. Una iguana caminaba bajo una de esas monumentales rocas. El pueblo abajo a la derecha se perdía entre la vegetación; cinco o seis calles verticales y otras tantas horizontales limitado a la derecha por el río. Al frente al terminar el pueblo se podían observar las blancas cruces del panteón. Los rojos tejados del pueblo cargaban extrañamente pesadas antenas parabólicas. Atrás algunos cerros más altos interrumpían el paisaje. Entre los libros de Venus se hallaba el inmoralista de André Gide. Se sentaron frente a frente y pusieron la tabla ouija en medio. Cuauhtémoc recordó un artículo que acababa de leer el cual decía que la excesiva contaminación en Tenochtitlán podría provocar el calentamiento del volcán Popocatepetl y éste a su vez reactivarse. El artículo atribuía a la enorme corrupción el que no se pudieran bajar los niveles de contaminación. Colocaron las manos sobre la paleta y Cuauhtémoc inquirió hacia la tabla:

-¿Va a hacer erupción el volcán Popocatepetl?
La paleta de madera se movió lentamente señalando la palabra SI…
-¿Cuando?
La paleta se dirigió hacia los números 2...0...0...1... Aunque la ouija se refería a la cronología correcta. Algunas preguntas más sobre Modesta y Virginia y abandonaron la tabla para continuar platicando:
-¡Maldita modesta... no sabes cómo la extraño!, ¡Es tan hermosa! –dijo Venus.
-Pues a mi me pasa lo mismo con Virginia, ni siquiera sé cómo explicarlo. Pero lo único bueno de todo esto es que he escrito algunos poemas que no creo que sean tan malos… ¿Tú crees que un genio como Einstein podría pasar desapercibido por el mundo?
-No, pero mejor resígnate a ser un incógnito más.
-¿Tú crees en Dios?. -preguntó Cuauhtémoc-
-No, creo que es algo que el mismo hombre inventó.
-Yo tampoco creo en Dios, a mi me parece que no es posible que haya tantas guerras, niños muriéndose de hambre, mujeres violadas y tanta injusticia en el mundo… si Dios existiera simplemente no permitiría eso. Además el Dios cristiano viene de otro continente, nosotros, si creemos, debemos creer en nuestra propia religión y en nuestros propios dioses.
-Yo quiero estudiar ingeniería genética -dijo Venus-, porque quiero encontrar la forma de seguir viviendo para siempre y ser inmortal, de esa forma podría tener todos los libros del mundo y podría construir un libro más grande que la Biblia.
-Yo quiero estudiar física porque quiero diseñar una nave del tiempo con la cual me voy a conservar en el mismo instante y así no envejeceré. Sé exactamente como será, tiene forma circular y viajará a velocidades superiores a la luz. Si gira como las manecillas del reloj, irá al futuro, y si gira al revés, irá al pasado. He determinado una Unidad Mínima de Tiempo que es lo que tarda un electrón de hidrógeno en dar un giro completo, de esa manera podré estar siempre en el momento exacto y podría incluso cambiar la historia de nuestro país... de esa manera me inmortalizaré güey, ¿entiendes?

-¿O sea que quieres hacer un ovni? ¡Ja, ja, ja! –Cuauhtémoc no supo que decir- Mira, lo que yo quiero es mejorar los genes humanos con mutaciones del ADN para hacer al hombre mucho más longevo y luego reemplazar órganos del cuerpo por piezas artificiales, así el hombre podría vivir eternamente por el simple reemplazo de piezas, así podría escribir mi libro e inmortalizarme, aunque como dice Sábato, “escribir es el recurso de los impotentes, los demás están en la guerrilla”.
-¿Y quién es ese güey?
-¡Es un escritor argentino pendejete, que primero quería ser físico como tú…!
-¡Órale…! Pues te prometo que si yo logro construir mi nave regresaré a este momento y te traeré a Modesta.
-No… yo nunca me casaré con Modesta, es demasiado bella e inteligente para mí.

Cuauhtémoc prefirió cambiar de tema.

-Fíjate güey, si te vas derecho llegas hasta Hawai, y si te sigues erecto llegas hasta Japón, ¡Imagínate que país tan chingón…! Lástima que nunca podré salir de este maldito país corrupto por no haber hecho el servicio militar. Ahora mismo debería estar marchando como pendejo. ¿Pero por qué no entienden que la guerra es absurda? ¡La guerra es lo peor que se le ha ocurrido al hombre, deberíamos poder convivir en paz todos los seres humanos, de otra forma se va a acabar el mundo…! ¿Para qué chingaos quieren el servicio militar?, ¿Para matar estudiantes y periodistas? ¡Si en realidad hubiera guerra hasta Cuba nos ganaría!, este ejército sólo sirve para reprimir a la población, especialmente a aquellos que atacan su Sistema de Manipulación Ideológica. ¿Te acuerdas hace dos años?, circulaban billetes con mentadas y groserías al maldito presidente fraudulento jijo-de-su-re-putísima-madre, Carlos Slimas… todos sabemos que es ilegítimo; fraude más grande jamás ha habido. Pero los billetes fueron retirados de la circulación, y ahora nadie puede cambiar un billete que tenga inscripciones contra el Partido Re Involucionario o contra ese puto-de-mierda. Mira lee lo que dice esta revista:

EL NEGOCIAZO ACAPULCO DIAMANTE

Acapulco - Por encima de toda ley, el gobernador José Francisco R. Monsieur continúa con el proyecto de crear el desarrollo turístico Punta Diamante, en la bahía de Puerto Marqués, con el que en su opinión, redimirá de la miseria a los acapulqueños. Algunos terrenos del nuevo complejo se encuentran aún en litigio y todavía no están debidamente aprobados o acreditados la causa de utilidad pública por la cual fueron expropiados esos predios, por lo que el mandatario estatal viola la Constitución, la Ley de la Reforma Agraria y la ley Federal de Expropiación entre otras normas legales.

Venus terminó de leer y Cuauhémoc dijo – No güey y espérate, el otro día leí un artículo que decía que si las cosas siguen como van, en el '94 habrán revueltas populares contra el gobierno… ¡ya es demasiado!
-¿Y si gana el Partido Acción Católica? –Preguntó Venus
-¿¡Cómo cres!? ¡Sería mucho peor! Pero lo bueno es que a esos pinches mochos nadie los pela, eso no va a pasar… Y luego el pinche Papa está en Tenochtitlán, ¿¡Qué chingados quiere aquí ese güey!? ¡El pelonchas lo invitó porque según él “ya somos del Primer Mundo”!, o sea permíteme reírme, ja, ja, ja! - Venus lo miraba pensativo -, a mí se me hace que esos cabrones romanos quieren volver a levantar su imperio, pero están pendejos… ¡Nada más mira la gente que vive aquí: si no fuera porque saben pescar y esta tierra da mucha fruta ya se hubieran muerto de hambre! ¿Ora imagínate como están en Oaxaca?, ¡y dicen que en Chiapas a los indios ni los dejan caminar por la banqueta, los tratan peor que perros! Si en realidad vamos al Primer Mundo será en el norte, porque aquí está del-a-ver-no.
- Por lo menos es un país tranquilo, ¿no?
- Bueno, eso sí… ¡solo hay que cuidarse de los policías…! No has oído esa que dice:

Vivir en Tenochti es lo peor
Nuestro gobierno está muy mal
Y nadie puede protestar
Porque lo llevan a encerrar
Y las tocadas de rock
Ya no las quieren quitar
Ya solo va a poder tocar
El hijo de Diaz Mordaz…
-No…
-Mmmm…

Al fondo el sol empezó a ponerse detrás del mar; era un cuadro formidable. Ambos fumaban mientras el sol parecía una media naranja brillante sumergiéndose en el tranquilo mar, enorme mar, precioso mar….

- Recuerdo una vez que estaba en un edificio de Villa Cloaca frente a la iglesia - dijo Venus -, la gente salía de misa y yo grité: ¡Dios no existe pendejos!, un hombre me correteó y ¡uff!, por poco y me alcanza, ja, ja, ja,… - Ya sabes que la religión es el opio de los pueblos... por ejemplo aquí darían cualquier cosa por ver al Papa. - ¡Están totalmente locos!
- ¡Pues es la ignorancia que promueve el Sistema de Manipulación Ideológica que te decía güey!
La noche caía y un ejército de mosquitos empezó a atacar a los chicos, por lo que tuvieron que bajar a paso redoblado con sus cuadernos, libros y la tabla ouija.

Por la noche la Naranja Mecánica observaba las estrellas con absoluta admiración, pues dicho espectáculo era imposible de apreciar en la gran Tenochtitlán, siempre tan saturada de polución. Olía a humedad y corría un viento fresco que se dirigía hacia el mar. Una multitud de sapos cantaban junto al río y un tetitleño romántico, primo de Roberto apodado Rubito, tocaba su guitarra. El chico era alto, bastante delgado, muy moreno y muy amable y vestía siempre chanclas y un short de mezclilla.






Todos fumaban alegremente cuando Gloria propuso cambiar el tono de la velada y empezar a contar chistes:
-Yo me sé uno bueno - dijo Venus -, está Cristo en la cruz, es de noche y ya se han retirado todos. Cristo escucha unos extraños ruidos en la base del madero y empieza a mover la cabeza diciendo “¡Sáquese, sáquese, usha, usha!”, hasta que de pronto el madero se viene abajo y entonces grita; “¡Pinches topos…!” - Todos rieron efusivamente, la maestría con que había sido contado el chiste no les permitía siquiera respirar. - Yo me sé otro - dijo Cuauhtémoc -, está Dios repartiendo las riquezas a los países y dice: “A Alemania le voy a dar amplias llanuras, altas montañas, clima frío en general y abundantes lluvias. A Japón le voy a dar poco territorio, temblores constantes, pero mucho mar y hermosos volcanes. A Estados Unidos le voy a dar gran territorio, muchas costas, pero un clima recio e impredecible”, y así siguió hasta que le toca a nuestro país y dice: “A este país le voy a dar selvas, desiertos, volcanes, lindas playas, gran variedad de especies animales y vegetales, clima templado, oro, plata, petróleo… ‘oye, oye’, los demás países empezaron a protestar; ‘a ese país le estás dando todo’, ¡calma, calma!,” dijo Dios, “le voy a echar a los mexicanos…” Las risas bajaron de tono paulatinamente. Luego siguieron recordando las anécdotas que habían hecho historia al interior de la banda: cuando habían ido al Festival Cervantino y habían robado una licorería mientras Gloria distraía al tendero, cuando se liaron a golpes con los meseros de un bar por que no tenían para pagar la cuenta, la vez que regresando del eclipse en Teotihuacan detuvieron el metro arrojando una botella a las vías, cuando por poco se asfixiaban en los pasillos del estadio universitario la vez que ganaron el campeonato a las Aguilas de Cloaca, la ocasión en que amanecieron en la cárcel por haber secuestrado un autobús y dirigirlo a una enorme fiesta de la prepa, de los gigantes conciertos de rock en las islas y bueno… de multitud de episodios que hicieron que Rubito los mirara con fantástica admiración, pues realmente no podía creer lo que escuchaba. Aunque, por alguna razón, Rubito no paraba de preguntar si alguien conocía a los actores de las telenovelas baratas producidas en San Ángel. Terminaron la noche abrazados y cantando el clásico de la preparatoria mientras Rubito tocaba su guitarra:

Estoy en un rincón del cecehacheee,
oyendo una canción que yo pedí,
me están sirviendo ahorita mi tepacheee,
ya va mi pensamiento rumbo a ti,
yo sé que reprobar es mi destinooo
y vengo aquí nomas a recordaaar
¡Que gachas son las clases en la escuelaaa!
cuando hay un profesor que no es formal.
¿¡Quien no sabe en cecehache,
la tranza tan conocida, que nos hace un profesooor!?
¿Quien no llega a rectoría
a pagar extraordinarios
y encuentra un pinche colóoon?
Me están tronando ya la del estribooo
Ahorita ya no sé cuantas troné
Ahorita sólo al profe yo le pidooo
Me pase de una vez las que troné…

Y ya encarrerados se siguieron con algunas más…

¡Ba-chi-to lindo y que-ri-dooo
Si muero lejos de ti,
Que digan que ando bien grifooo
Y que me traigan aquí!
Que digan que ando bien grifooo
Y que me traigan aquí,
¡Bachito lindo y querido
Si muero leeejos de tiii!

¡Que me entierren en la explaaa
Al pie de los matorrales,
Y que me cubra esta tierraaa
Que es cuna de hombres ca….!

De pronto pasó una camioneta con su sonido a todo volumen que parecía retar a los jóvenes a escuchar mejor su música...



* * * * *

CUBA; TRINCHERA DEL SOCIALISMO:
Castro, ante la caída del Muro de Berlín.


Se leía al día siguiente en que la Naranja Mecánica amanecía en Tetitlán. Ahora muchos de los invitados habían regresado a sus lugares de origen por lo que la casa estaba un poco más vacía. Estaban ya sentados en la mesa listos para desayunar y sólo faltaba Armando, quien al parecer estaba en el baño ubicado en el patio trasero de la casa, donde se hallaba un árbol de limón, uno de tamarindo, y animales como pollos, puercos, perros y gatos. - Voy a ver porque tarda tanto Armando; tenemos que hacer la oración del desayuno y no podemos empezar sin él. - Dijo Alex y los demás rieron sin demasiado ahínco pues eran vigilados por la abuela de Roberto quien les servía café, frijoles, chile y tortillas. Alex llegó hasta el baño, al que había que preguntar antes de entrar pues sólo tenía una cortina en lugar de puerta, pero sabiendo que Armando estaba ahí, Alex abrió de golpe la cortina: Armando apareció de pie, con los ojos en blanco y con la mano en el pene, y al verse sorprendido dijo con voz forzada, - ¿Qué onda Alex? Éste regresó corriendo a narrar su aventura y todos rieron como si nunca antes lo hubieran hecho, ante la mirada intrigada e irritada de la abuela. Poco después salían rumbo a Playa Paraíso con la tienda de campaña pues tenían planeado llevar a cabo una lunada. Atravesaron el pueblo entre miradas y murmullos y recorrieron el camino hasta la playa en medio de abejas, caballos, impresionantes cebúes y puerquitos que corrían libres como perros, pues de hecho había más lechoncitos que canes. Llegaron a la laguna, y como el dinero comenzaba a escasear decidieron cruzar a pie. Con el equipaje en la cabeza, el agua casi hasta el cuello y los pies hundidos en el fango, atravesaron parte de la laguna hasta llegar a una isla donde exóticas mariposas de todos colores parecían acompañarles. Con el sudor escurriendo llegaron a la playa y acomodaron sus cosas bajo la sombra de una ramada. Cerca de ahí unos turistas extranjeros bebían mezcal. De pronto una mujer comenzó a gritar señalando hacia el mar, en donde unos brazos se alcanzaban a ver sobresaliendo por momentos. - ¡Mi novio se está ahogando, se está ahogando, ayúdenme por favor…! Gritaba la mujer desesperada. Inmediatamente salieron de todas partes hombres morenos nativos del lugar y se arrojaron nadando con rapidez. Los más veloces llegaron en cuestión de segundos hasta donde se hallaba el pobre hombre, de manera que por un momento los nadadores formaban inconscientemente un gran triángulo que pronto se deshizo para formar una gran línea humana desde el mar hasta tierra firme. Venus, único chilango que decidió ayudar, fue el primero en llegar hasta el desventurado joven que se ahogaba y entre otros nadadores lo acercaron hasta donde una línea humana de salvavidas, lo tomó y lo regresó rápidamente hasta la seguridad de la tierra firme. La acción entera había durado sólo un par de minutos, pero fue obvio cómo aquellos héroes habían trabajado en equipo cual reloj suizo… ¡No mames! ¡Era el camarón, güey! - dijo Armando, mientras miraba como su novia todavía muy nerviosa lo abrazaba y le interrogaba sobre su estado. El hombre estaba pálido y vomitaba agua. ¡Pincheh chilangoh pendejoh, pa’ que he meteng al mar si no sabeng nadar! Dijo uno de aquellos héroes y volvieron a desaparecer a sus labores y a sus hamacas.

Los chicos, luego de instalar la tienda de campaña, fueron a la laguna, donde abordaron dos pangas y recorrieron la hermosa y tranquila laguna. Por la tarde unos hombres trataban de empujar una lancha que estaba sobre unos delgados troncos en la arena. ¡Echenoh una manita amigoh! Decían, así que todos se acercaron y empujaron la lancha hasta que entró en el mar. - ¡Acompáñengme pueh! Dijo el solitario pescador ya arriba de su nave, pero aunque ganas no faltaban de acompañar al pescador, eran más las ganas de seguir bebiendo, así que sólo Venus subió al bote. Avanzaron en la lancha con motor fuera de borda hacia Zihuatanejo hasta llegar a otra comunidad de pescadores donde viraron mar adentro varios kilómetros, hasta donde el señor apagó su motor. Bajó una red y la extendió con sus manos. Venus miró a su alrededor; sólo agua se veía en el atardecer. El sol se encontraba ya cerca del mar, pero el pescador dijo que había tiempo de regresar con la luz del día a Paraíso. Mientras tanto en la playa, Alex, Gloria y Salvador llegaban hasta un lugar suficientemente alejado rumbo a Acapulco. Gloria sacó un cigarro de marihuana y empezaron a fumar sentados en la arena. Salvador, quien no acostumbraba fumar se quedó dormido tirado en la arena, pero Gloria y Alex aprovecharon para amarse una vez más. El sol estaba cada vez más cerca del mar y era difícil poder ver sin parpadear. En el bote el pescador sacó de su calcetín un cigarro de marihuana y ofreció a Venus. - ¡El mar es infinito, el mar es infinito! Retumbaba en la cabeza de Venus como un mantra... De pronto el pescador se acercó a Venus y casi agachado le desabrochó la bragueta...

Mientras, cerca de la tienda de campaña, Armando y Roberto platicaban. - ¿Oye, sí es cierto que te cogiste a Virginia el día de la fiesta de cumpleaños de Cuauhtémoc? - preguntó Armando. - Sí, pero no le vayas a decir, acordamos no decirle nada para que no sintiera feo. Esa noche yo llevaba el coche de mi tío y Virginia me pidió que la llevara a su casa, yo ni siquiera sabía que Cuauhtémoc estaba enamorado de ella, así que la llevé mientras él había ido a comprar más botellas con Alex. Cuando llegamos a su casa ella me abrazó y me empezó a besar, así que lo hicimos en la oscuridad del estacionamiento. Yo regresé muy contento, pero al ver la cara de amargura con la que me preguntó Cuauhtémoc, no me quedó más remedio que jurarle que Virginia se había sentido mal y que sólo la había acompañado a su casa. -¿La fiesta fue en casa de Alex, no wey? - preguntó Armando -. Sí, ya tiene algunos meses, pero de hecho yo se la presenté a Cuauhtémoc, ya ves que los tíos de Virginia viven igual que yo en Villa Cloaca y nos conocemos desde niños, mucho antes de que se fueran a vivir a Cancún… Armando permaneció pensativo, cuando Roberto le preguntó: -Oye y la vez que Alex le dijo a Amaro que tú eras maricón y que te lo encandiló para que te echara los perros, ja, ja, ja… ¿te acuerdas que estábamos en una fiesta en mi casa?, ja, ja, ja –Sí, el hijo de su puta madre le dijo a Amaro que yo era puto y el cabrón que se mete al baño comigo disque a orinar y que me empieza a decir que si le daba chance de mamarmela, el hijo de su re puta madre, ¿tú crees? ¡Pinche Alex gandalla y cabrón…! –No, sí ese güey ya sabes como siempre terapea a la banda…

Cuauhtémoc, quien había decidido permanecer solo en una hamaca, bebía cerveza y escribía nuevos versos para Virginia. Abrió una cajetilla de cigarros que Armando había dejado sobre la mesa y tomó uno que estaba guardado al revés. Fumó, y aunque momentos después notó que había sido preparado con marihuana, fumó con más ahínco deseando aliviar su dolor. De pronto un señor bastante tomado con apariencia de turista extranjero se acercó. Cuauhtémoc pensó por un momento que era una de las personas que venía en el autobús, pero prefirió no decir nada pues se empezaba a sentir un poco aturdido. - ¡Salud, amigou! Dijo el señor con una sonrisa. -¡Salud!, respondió Cuauhtémoc. El hombre se acercó amablemente y dijo ser ex cónsul inglés y vivir en Quauhnahuac. - Nací en la India, -dijo-, pero conozco todo el mundo pues he viajado como marinero. Pero me gusta mucho su país y me pienso morir aquí. -¿¡De verdad!? ¡Yo lo que quisiera es salir de esta maldita cárcel, aquí todo está mal, todo es absurdo, nadie me comprenede! Pero nunca podré salir, esa es mi condena... ¿Le gusta esta música? Dijo mientras buscaba una cinta que colocó en la grabadora y cerró los ojos mientras bebía un trago más:



On a dark desert high way
cool wind in my hair
warm smell of colitas
rising up through the air
up ahead in the distance
I saw a shimmering light
my head grew heavy
and my self grew dimmer
I had to stop for the night…


Cuauhtémoc sintió como olvidaba todo su sufrimiento y volaba hasta el infinito. Sentía como toda la miseria desaparecía y ahora era solamente él y el universo, él y su futuro, él y su alegre juventud. Se olvidó de su padre y de sus constantes exigencias de que se pusiera a trabajar, de la angustia que le producían todas esas constantes discusiones por ver quien tendría que acarrear cubetas de agua a la casa y de la maldita necesidad de unas monedas para los pasajes, se había olvidado del llanto de su madre siempre quejándose porque todo estaba carísimo y no tenían ni energía eléctrica de buen voltaje para conservar los alimentos. El dolor que le producía la relación con sus padres era tan inmenso que sólo buscaba divertirse y olvidarse de todo. La música lo había transportado hasta un hotel fantástico de alegría eterna, del cual, sin embargo, era imposible escapar… Cuando la música terminó Cuauhtémoc abrió los ojos para preguntar si su amigo extranjero había disfrutado la canción; el señor había desaparecido y en su lugar estaban Armando, Roberto, Salvador, Venus, Alex, Gloria y el Camarón, bailando alrededor de una fogata. El tiempo se había vuelto loco...

Capítulo III, Los Cabos, Verano de 1992

El nombre de nuestra península está ligado a la leyenda. California, según una novela de caballería del siglo XVI, era una isla habitada por mujeres adornadas con perlas y oro en la que gobernaba la reina Calafia. En 1533, Fortín Jiménez, marino español que venía huyendo de la ley, tuvo que descender en La Paz a causa de una tormenta. Admirado por las perlas que usaban las nativas, Jiménez atacó a éstas y fue muerto por los habitantes. Su piloto logró huir y dar aviso a Cortés de lo ocurrido en lo que suponían era una isla. Cortés llegó a La Paz el 3 de mayo de 1535 y la bautizó con el nombre de la Santa Cruz. En 1596, Sebastián Vizcaíno le cambió el nombre por el de La Paz, quizá por el cordial recibimiento que le brindaron los habitantes indígenas, o tal vez por la tranquilidad de nuestra bahía.

Durante mucho tiempo, la aridez de la tierra, la falta de agua y los problemas de transporte, impidieron el establecimiento de los conquistadores y la colonización de la supuesta isla. Los misioneros lograron doblegar estas dificultades con su esfuerzo y tenacidad. Eusebio Kino, sacerdote jesuita, fue gran precursor de las misiones californianas.

El galeón de Manila en su ruta al oriente, tocaba nuestras costas e incrementaba su rico cargamento con muchas perlas. La codicia y la rapiña no se hicieron esperar; vinieron los piratas más famosos: Cromwell, Drake, Cavendish.

Nuestras aguas nobles sirvieron pues, tanto al comercio honrado, como para guarecer a la piratería.

Juramos la independencia en 1822; no fue retraso voluntario: eran muy precarias las comunicaciones con el macizo continental.

La revolución trajo problemas y desconciertos en este estado, sí, pero no fueron mayores; sin embargo, el crecimiento de La Paz comienza con la construcción de carreteras, las rutas de los transbordadores y, posteriormente, del aeropuerto. Y así, en 1974 –al igual que Quintana Roo- nos convertimos en estado libre y soberano.

Leía Cuauhtémoc en un folleto mientras volaba sobre el país. Acababa de dejar la recién nombrada “Ciudad Más Grande del Mundo” y ahora, abajo a su derecha se apreciaban claramente las pirámides de Teotihuacán, lo que le hizo recordar la intoxicada que había tenido lugar ahí un año antes con la Naranja Mecánica, durante el eclipse total de sol en que bebieron pulque y fumaron marihuana todo el día. Volaba rumbo a Los Cabos porque había conseguido un empleo y, siendo vacaciones de verano, aceptó trabajar un par de meses para un hotel ubicado en esas tranquilas playas. Ernesto ya estaba allá trabajando y decía que le iba bastante bien, por lo que Cuauhtémoc se había decidido a viajar hasta ese lugar con todos los gastos pagados por la empresa. Ernesto había nacido en Santiago de Chile, hacía veinte años, pero cuando el presidente Allende fue derrocado, sus padres tuvieron que abandonar el país. “Allende es un peligro para Chile” decía la ultraderecha chilena apoyada por el gobierno de Washington. Su hermano menor y único, había nacido en Tenochtitlán y era ciudadano legal. Ernesto poseía una acta de nacimiento legítima (obtenida mediante el pago de un soborno en el registro civil de la avenida Arcos de Belén), había cumplido con su servicio militar, y ahora podía obtener el pasaporte y salir del país sin problema alguno, a diferencia de Cuauhtémoc, quien aún no obtenía su cartilla militar. Su padre, nacido en Argentina, había estudiado varias carreras, sin haber terminado ninguna, sin embargo trabajaba ahora como dibujante para varias revistas y seguía devorando libros en sus horas libres. La madre de Ernesto, joven y aún muy guapa, trabajaba en una biblioteca cercana a su casa de Villa Cloaca y de hecho su casa entera parecía una biblioteca, sólo que bastante desordenada. Ernesto, habiendo terminado la preparatoria, decidió no estudiar más, pues creía que dada la situación laboral imperante, no tendría futuro alguno si permanecía en el país, así que había aceptado trabajar como promotor del hotel (hablaba bien el inglés), y sólo esperaba una oportunidad para salir huyendo rumbo a Europa.

Cuauhtémoc, cuyo tío había vivido en Los Ángeles, por algunos años, había aprendido un poco de inglés empíricamente mediante conversaciones con tu tío y con algunos libros de “Hable inglés en cinco semanas”. Así que había conseguido el empleo gracias a la intervención de Ernesto, quien había sobresalido positivamente en su trabajo. Cuauhtémoc veía el empleo como la oportunidad de alejarse de la Naranja Mecánica y de meditar un poco antes de iniciar la carrera de filosofía en la Universidad, donde Venus llevaba ya un año estudiando. Por primera vez en su vida Cuauhtémoc se sentía verdaderamente libre, lejos de sus padres y listo para entrar de lleno en la adultez y en las responsabilidades. Los meses anteriores habían sido una tragedia continua, cada día bebiendo más y con sus problemas económicos y emocionales en un nivel crítico. Había rentado un cuarto de azotea durante algunos meses en complicidad con Venus, pero el constante ajetreo de tener siempre a la Naranja Mecánica y tantos amoríos con jovencitas de la prepa, había terminado por cansarlo. Lo de Virginia había pasado ya, y ahora las mujeres no significaban para él más que objetos sexuales.

-Señores pasajeros, hacemos escala en la Ciudad de Guadalajara. Favor de abrocharse los cinturones de seguridad...
Aquí es precisamente donde hace unos meses asesinaron al Cardenal Simón por sus nexos con el narco. –pensaba Cuauhtémoc-, este país terminó cuando el estado reconoció a la iglesia y se establecieron relaciones con el Vaticano... ¿Qué si nadie vota por Dios, Dios no existe...? ¡Al Cesar lo que es del Cesar…! (y adiós que te vaya bien…)

¡Pero qué distintas eran para él ahora las mujeres! Lo que antes era la tierra prometida, tesoro incalculable por el que era posible recorrer enormes distancias y hasta jurar amor eterno, ahora eran simples golfas llenas de defectos; muelas picadas, mala vista, barrigonas, además de que raras enfermedades las aquejaban en su totalidad. –Ahora entiendo por qué mi tío nunca se casó... la media naranja no existe… ¡a final de cuentas da lo mismo casarse con una que con otra...! ¿Entonces para qué tanto alboroto....?

-Señores pasajeros, abajo a su derecha podemos apreciar las famosas Islas Marías, dicen que son paradisíacas.




Ahí deberían estar todos los ex presidentes, ex gobernadores, funcionarios del gobierno, etcétera, etcétera, etcétera... es más, todos los del Partido Re Involucionario.... El avión siguió volando por el hermoso Mar de Cortés y Cuauhtémoc siguió leyendo.

Cabo San Lucas es el poblado más sureño en la península de Baja California Sur, donde termina la tierra. Hemos dejado de ser una comunidad de pescadores para pasar a ser uno de los más importantes centros turísticos del país. Somos el único punto que ve salir y meterse el sol en dos mares distintos, el mar de Cortés y el Océano Pacífico. Del lado del mar de Cortés viven los lobos marinos y la famosa cascada de arena submarina está muy cerca, pero lo más famoso de todo es El Arco, este espectáculo único en el mundo es muy fácil de visitar en barco; El Arco marca el fin de la península y divide los dos mares.

Poco antes de llegar al Arco se encuentra la Playa del Amor, llamada así porque al subir la marea los mares se unen y se dice que se besan para luego volver a separarse.

A media hora sobre la carretera transpeninsular se encuentra el poblado Todos Santos donde se encuentra el Hotel California, que hiciera famoso el grupo norteamericano The Eagles.

El avión descendió en el aeropuerto de San José del Cabo. El calor era impresionante. Alrededor algunos cerros desérticos y amarillos, brillaban de soleados. Al llegar a la sala, una persona que esperaba hacía tiempo estaba ya con varios empleados contratados en la ciudad y los llevó a San José. El hombre era Vicente González, hijo de un ex millonario jaliciense, que había vivido en Dublín, Londres y San Francisco, y presumía de haber asistido a conciertos de los Beatles, los Doors y los Rolling Stones. Les dio la bienvenida y los condujo hasta la casa de Vicky, una señora estadounidense que llevaba algunos años viviendo en San José y que rentaba algunas casas rodantes dentro de un terreno amplio y bien acondicionado. Las otras personas empleadas por el hotel eran dos mujeres y un hombre; Marcelo era gordo, no muy alto, de tez clara y parecía pesarle el caminar. Al llegar a la casa se observaba un anuncio con letras de colores que decía:

VICKY’S MAGIC CASTLE

Al entrar por el zaguán hecho de palma se observaba una camper mediana a la derecha, al centro, más al fondo, otra más grande, y a la izquierda otra enorme, en donde vivía la señora Vicky. En el centro una hermosa alberca yacía en completa calma. El patio adornado con piedras multicolores, creaba un ambiente alegre. Las campers también habían sido pintadas de alegres colores y las hamacas, mesas, sillas y sombrillas, hacían del patio un lugar muy confortable. Vicky era una señora muy amable, aunque fácilmente irritable y aunque tenía varios hijos que se hallaban en sus veintes, no tenía marido. Ernesto se hallaba aún trabajando, y Marcelo y Cuauhtémoc compartirían con él una de las casas rodantes. San José era un pueblo pequeño y tranquilo. El contraste entre el azul intenso del mar y el ocre del desierto les parecía impresionante a los recién llegados. En la zona turística no había más de seis hoteles, y las playas parecían estar siempre desiertas. Sólo uno que otro turista caminaba por ahí. Al final del corredor turístico, en dirección contraria a Cabo San Lucas, un bello estero encerraba diversas especies de animales, entre ellos grandes cangrejos. Cuauhtémoc se sintió en un principio muy aburrido, pero poco a poco se fue acostumbrando al nuevo y lento ritmo de vida.

La misma tarde en que Cuauhtémoc llegó a Los Cabos el calor era asfixiante y ameritaba unas cervezas, según Marcelo, quien curiosamente también venía huyendo del vicio del alcohol. Pero Marcelo no sólo no dejó de beber, sino que se fue a lo grande. Al parecer el distanciamiento de su familia lo hizo beber a rienda suelta y sin el más mínimo remordimiento. Bebieron algunas “ballenas”, (como llamaban aquí a las cervezas familiares) conversando sobre lo que les gustaba de la ciudad y sus motivos para haber escapado de ella. Apenas caía la noche cuando Ernesto llegó en una verdadera carcacha y Marcelo sugirió que iría solo, en busca de más cervezas.
-¿Cómo está la ciudad, Cuauhtémoc?
-Llena de contaminación y corrupción como siempre.
-La gente se la pasa quejándose de que no hay trabajo, de que siempre hay mucho tráfico, pero nadie se quiere salir...
-Así es todo de absurdo.
-A mí me gusta vivir aquí, es un lugar muy agradable y la gente es bien buena onda, ya verás…
-Parece que no ha llegado la corrupción y el centralismo de Tenochtitlán.
-No, pero al paso que va esa ciudad, pronto se comerá a sí misma.
-Dicen que hace quinientos años ya era “La Ciudad más Grande del Mundo”.
-A lo mejor porque somos muy calientes.
-Ve tú a saber...
Ernesto sintió gran curiosidad por conocer qué había sido de sus ex compañeros de la preparatoria y preguntó:
- ¿Y qué ha sido de la Naranja Mecánica?
- ¡Qué bueno que te alejaste de ellos, son una bola de locos!: estuve rentando un cuarto con Venus y prácticamente diario había fiesta en la casa, fue un milagro que pudiera salvar mis últimas materias. ¿Te acuerdas de Gloria?
- ¿La que era novia de Alex?
- Sí, ella, en una ocasión fue a visitarme después de una parranda. Yo estaba bien crudo y acababa de traer unas cervezas. Ella y yo terminamos haciéndolo, pero obviamente no le he dicho nada a Alex. Ahora ella anda con su hermano Eugenio y Alex, aunque lo niegue, se fue a vivir con unos parientes a Tijuana de pura desilusión....
- ¡Qué cabrón eres...! ¿y Salvador...?
- Salvador tampoco salió de la prepa y está estudiando computación, o algo así. Roberto embarazó a una vecina suya y se tuvo que casar. Ahora vive en la casa de su madre, con su esposa y su hijo, Armando va a entrar a la Facultad de Filosofía a estudiar teatro, Lupe va a estudiar psicología, Alma tampoco terminó, pues se la pasó todo el semestre en las borracheras de mi casa. Venus está estudiando filosofía desde hace un año y yo también voy a estudiar filosofía....
- ¡¿Para qué chingados vas a estudiar eso...!? ¡Mejor deberías quedarte aquí a trabajar, eso no te va a dejar para vivir...! Oye, ¿y la chava esa con la que andabas...? Virginia se llamaba, ¿no?
- Pues el año pasado que estuvo en la ciudad de vacaciones se hizo novia de Armando, Roberto se la presentó... pero ya no me importa... que haga lo que quiera... ¿y a ti cómo te ha ido?
- Bien, estoy ganando bien aquí engañando a la gente para que compre cosas que ni existen. Sabes, vendemos los cuartos por veinte semanas a ocupar una cada año. Pero como la gente nunca usa las membresías, el hotel entero se ha vendido más de tres veces a los turistas incautos. Es fácil, ya verás que te va a ir bien...
- Eso espero...
- ¿¡Entonces vas a estudiar filosofía!?
- Sí, quiero saber la verdad del mundo y quiero escribir canciones y ser un gran cantante de rock como Jim Morrison... ya entendí que todos los hombres son mortales y quiero hacer algo antes de que me muera...
- Mejor dedícate a vender cuartos de hotel y a vivir la vida como yo.
- Eso es lo que el capitalismo quiere, pero yo soy más rebelde.
- Sabes lo que me platicó el maestro de matemáticas cuando le confesé que era chileno. Me dijo que él había estado en el movimiento del ’68. Dice que él estaba en la prepa uno un día antes de que el ejército diera el basucazo que le costo la vida a varios de sus amigos, él se salvó de milagro porque ese día no le tocaba hacer guardia. Y luego, en la Plaza de las Tres Culturas, dice que él estaba ahí cuando los tanques entraron aplastando gente... dice que una familia lo escondió en su departamento y hasta tres semanas después pudo salir. Los ojos se le llenaron de lágrimas y me impresionó muchísimo ver a un hombre de su edad llorar así... ¡y pensar que mis padres venían huyendo de una dictadura...! dice que nunca volvió a ver a sus amigos después del aquel maldito dos de octubre...
- Pues veniste a caer en “la dictadura perfecta”... Yo por eso odio al PRIT... ¡en ese partido está toda esa bola de malditos asesinos, y siguen impunes, y no conformes con eso siguen robando a más no poder… ratas inmundas!
- Sí, en ese tiempo era más peligroso ser estudiante que ratero.
- Aquí todos somos rateros; es la base de nuestra economía... ¿no conoces al hermano del Chacal, verdad? Se dedica a robar coches y hace poco mató a un policía mientras asaltaba un supermercado. ¡¿Pues cómo ves que al poco tiempo salió de la cárcel porque pagó una mordida de 300,000 nuevos pesos!? Imagínate a los narcotraficantes o a los políticos que tienen tantísimo dinero, ¿cuándo los van a apañar? Claro, como aquí nadie tiene que dar cuentas de cuanto tiene... tan sólo el dinero que viene del narcotráfico ¿por qué no se refleja en la inflación? No que el valor del dinero se mide por lo que producimos, etcétera, etcétera, etcétera.
- Y qué me dices de nuestro líder obrero, Fidel Velasco, que ya no puede ni hablar de viejo pero dice que “aún hay másh” y que va a seguir hasta el 2005...- Dijo Ernesto.
- A de creer que tiene la vida comprada.- Respondió Cuauhtémoc.
- Es un ratero más del PRIT, pero sólo lo tienen ahí precisamente para debilitar al movimiento, con esa clase de líderes ¿qué fuerza podría tener el movimiento obrero?
- Sí, pero acuérdate que la gente prefiere “malo por conocido que bueno por conocer” y aquí “el que no tranza no avanza”.
- Esto está de la chingada.
- Pues si gana el PRIT otra vez en el ’94 yo me suicido....
- ¿Y si gana el Partido Acción Católica?
- ¡No mames…!

Luego de un par de días de capacitación, llegó la hora de empezar a trabajar. Por la mañana llevaron a Cuauhtémoc a lo que sería su lugar de “pesca de turistas”. Era un lugar estratégico, pues mucha gente visitaba el estero, frente al cual, Cuauhtémoc los esperaba pacientemente. Un hombre y una mujer de edad avanzada caminaban lentamente bordeando el estero. Ambos eran muy blancos y usaban sombreros de palma, pantalón corto y tenis. Cuauhtémoc se acercó a saludarlos y conversaron por algún tiempo. La pareja venía de Vancouver y decían tener un restaurante en donde ofrecieron trabajo a Cuauhtémoc. Su país es un lugar muy pacífico, un país armonioso, lleno de gente de buen corazón... ¡lástima que no pueda ir...! los canadienses se sintieron halagados por estos comentarios, mientras que Cuauhtémoc ni siquiera se preocupaba por invitarlos al hotel a ser estafados.

Grandes expectativas ante la Segunda Cumbre Iberoamericana:
El encuentro se realizará en Madrid

Se leía al día siguiente en los diarios, cuando Cuauhtémoc se hallaba como de costumbre junto al estero. A muy poca gente había intentado saludar y absolutamente a nadie había querido realmente convencer de acercarse al hotel. La verdad es que no tenía deseo alguno de timar a nadie, lo cual obviamente, iba en detrimento de su situación laboral. Por la tarde llegó a su casa, es decir a la camper, bastante triste y colocó en la reproductora el único casete que había. Al parecer éste había pertenecido a Vicky o a algún otro habitante de la camper. El sol se alcanzaba a ver por la ventana como una gran naranja sumergiéndose en el mar.



You know I can't smile without you
I can't smile without you
i can't learn and I cant sing...


Ahora, aunque triste, Cuauhtémoc se sentía mucho más tranquilo que meses atrás; había dejado por completo el cigarro y dejó de beber en exceso. El calor parecía sentarle bien, y la paz del lugar le hacía sentirse mucho más relajado, aunque casi abandonado, casi completamente solo, excepto porque tenía a Ernesto. Pero su amigo era un poco serio; no gustaba de beber demasiado ni era muy efectivo en el arte de conquistar muchachas. Sin embargo Ernesto había leído mucho y a su corta edad era una persona bastante culta. Sus padres le habían inculcado el gusto por la lectura, hablaba mucho de su país y de la simpatía que sentía por el pueblo cubano: “Quiero irme a vivir a Cuba”, decía frecuentemente. En cuanto a Marcelo, pronto hizo nuevos amigos quienes le ofrecieron trabajo en otra compañía hotelera y ahora trabajaba en Cabo San Lucas. Por lo demás sólo le disgustaba sentirse muy bajito frente a los hombres del pueblo y la música norteña le parecía nefasta… excepto claro cuando las chicas en los bailes le enseñaban a pegar el cuerpo al máximo y bailar frenéticamente en medio del sudor y sus pronunciados escotes… ¡Qué mujeres hay en estas tierras! Pensaba a menudo el joven Cuauhtémoc.

En una de las últimas noches que estuvo Cuauhtémoc en San José, charló con Ernesto largamente.

- Cuando era niño –dijo Cuahtémoc-, recuerdo que mi abuela me contó que en su niñez todavía podía recorrerse la ciudad en lancha, desde Xochimilco hasta Jamaica... ¡Imagínate cómo será cuando seamos viejos!...
- ¡Un amigo de mi papá dice que se bañaba en el río Churubusco, y que era muy, pero muy bonito...!
- ¡¿Río Churubusco?! Yo pensé que nomás era una avenida ese famoso río.... oye, ¿y sabes qué le pasó al telescopio espacial que nos iba a permitir ver el fin del universo?: ¡Se descompuso! Pero por hay dicen que fue tan terrible lo que vieron que prefirieron regresarlo a tierra y olvidarlo...
- ¿Pues qué habrán visto?
- A lo mejor vieron a Dios y se quedaron ciegos...
- ¿No será un hoyo negro que está a punto de tragarnos?
- ¡No mames, cómo crees! Pero la filosofía avanzaría mucho si supiéramos cual es el fin del universo. Es una lástima que haya fallado el telescopio... a veces pienso que la filosofía seguirá estancada por mucho tiempo...
- ¿Y qué crees que pase cuando nos muramos? Tú que vas a ser filosofo…
- Pues no lo sé, pero no creo en el Cielo, ni en el Infierno, esas son puras mamadas que inventaron para controlar al pueblo…

Algunos días después Cuauhtémoc recibió un telegrama: debía presentarse urgentemente en la Universidad a inscribirse o perdería su registro. Así que se propuso disfrutar sus últimos momentos en San José. El sábado había un torneo de surf en la playa, y decidieron asistir. El lugar estaba repleto de jóvenes americanos que jugaban entre las olas y bebían cerveza. Unos grandes bafles, tocaban música a todo volumen:



I wish they all could be California
I wish they all could be California
I wish they all could be California… girls

Turistas y nativos se abrazaban, bebían y competían amistosamente, hasta que finalmente, un joven americano ganó el primer lugar. Por la noche, cuando ya todos estaban muy bebidos un estadounidense se enfrascó a golpes con un nacional. Sacaron al americano entre varios muchachos y le dieron una tremenda golpiza. La música se alcanzaba a escuchar todavía fuerte y uno de los contendientes gritaba enardecido: “¡No estás en Estados Unidos maldito gringo hijo de tu puta madre!” El americano sangrando en el suelo optó inteligentemente por no intentar levantarse ni seguir discutiendo, sus amigos, entre ellos un nativo, lo levantaron y se lo llevaron cargando...

* * * * *

LA U.R.S.S HA MUERTO
Comienza una nueva historia


Leía Cuauhtémoc en los diarios la mañana en que arribaba al aeropuerto internacional de Guadalajara, porque no le alcanzaba el dinero para volar directo hasta Tenochtitlán, así que tuvo que viajar en taxi hasta la terminal de autobuses, pasando por las calles que pocos meses antes habían volado por los aires, debido a que la gasolina vertida en las coladeras explotó, y todo ello debido a la irresponsabilidad y a la corrupción del gobierno.
“El mundo se volvió loco desde que cayó el muro de Berlín”, pensó Cuauhtémoc, al ver la nota en el periódico.