sábado, 22 de junio de 2013

De dioses, diablos, muertos y profesores.

SOBRE LAS BRASAS DE LA TIERRA Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces, amo el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero amo más a mi hermano, el hombre. Nezahualcóyotl. La guerra había comenzado hacía ya algunos años en aquel país llamado Acuexcómatl, pero aquella no era una guerra convencional; se trataba de una especie de guerra de guerrillas en donde pequeños grupos criminales fuertemente armados deambulaban asaltando, violando, secuestrando y torturando a miles y miles de personas inocentes por todo el país, lo peor era que cuando la policía o las fuerzas armadas se apersonaban por lo regular los delincuentes ya se habían escapado. Lo peor era que pronto volvían a la carga ultrajando impunemente a todo aquel que osara atravesarse en su camino. Era vox populi que los llamados “cárteles” tenían pactos con algunos generales del ejército, con jefes policiacos e incluso con algunos personajes políticos para que les permitieran “trabajar” a cambio de jugosas comisiones, por lo que la población vivía, sin nadie a quien recurrir, en el más absoluto desamparo. Algunos compraron sus propias armas y buscaron adiestramiento, pero una simple pistolita no servía de nada ante la tremenda capacidad del moderno armamento que poseían aquellos sicarios implacables y grotescos. Cascadas y torrentes de billetes se lavaban en los bancos nacionales sin que las autoridades hicieran nada al respecto además de que existía una clara complicidad con el gobierno del país vecino, pues aquellos enviaban armas a los diferentes cárteles con el fin de que la guerra se extendiera y los negocios bélicos también. Ninguna novela futurista había previsto un escenario tan funesto como el que se vivía en aquel país de pesadilla; el soma era sí, un producto básico en la dieta nacional de muchos países, pero Huxley nunca imaginó que la guerra se desataría por controlar las rutas del trasiego ni mucho menos supuso que, ante el alarmante desempleo y la crisis del sistema la gente se convertiría al canibalismo. Incluso las películas que mostraban el infierno que se vivía en aquella república, ya desaparecida, no eran lo suficientemente asquerosas y nauseabundas como la realidad misma. Nadie podía creer que antes de la llegada de los europeos a Acuexcómatl los indios no conocían las cárceles porque no había ladrones, las casas ni siquiera tenían puertas porque no había desconfianzas, bueno, la mentira no era parte de la sociedad, los antiguos no conocían la corrupción. Un sistema de control ideológico muy sencillo imperaba en todas partes y establecía como máxima, por un lado el egocentrismo (que incluía la idea de la obtención del dinero a costa de lo que fuera) mientras que, por otro lado, la religión dominante reforzaba tales ideas con el principio de la salvación de la propia alma, no importaba que todos los demás se fueran al infierno. El ideal común se resumía en la persecución del dinero por el dinero y a costa de lo que fuera para luego amurallarse en alguna fortaleza con seguridad privada aunque afuera en la calle hubiera miles de seres humanos mendigando por un pan. Los medios de comunicación formaban un implacable ejército el cual bombardeaba todo el tiempo con la idea de que no había otra opción y que el sistema demandaba mayores esfuerzos de toda la población, los cuales incluían la limitación de garantías, el aumento de impuestos, los despidos masivos y la ampliación de los muros divisorios de seguridad. Muchos de aquellos braseros que se habían ido a buscar sus sueños en otra patria y que aún no habían sido deportados se encontraban varados en aquel país desde que el petróleo comenzó a escasear y se desató abiertamente la guerra civil. Ya nadie salía a las calles por las noches y mucho menos andaba en parajes solitarios sin la luz del día. Ni siquiera los enamorados se atrevían a esconderse tras algún oscuro árbol en las tardes de domingo. La construcción de cárceles se había convertido en un excelente negocio, de hecho ya existían más reformatorios que universidades, y aquellas, infestadas de gente indeseable, frustrada, violenta, amargada y con sed de venganza, se hallaban asinadas a tal grado, que en algunas celdas los internos tenían que dormir de pie. Era cosa común escuchar de incendios en penitenciarías perpetrados a propósito con el fin de controlar la sobrepoblación y a la vez permitir la fuga de algunos de los reos favoritos del gobierno. Los niños que no estaban a merced de los traficantes de blancas podían morir carbonizados en las guarderías, o, en el mejor de los casos, trabajar bailando en centros nocturnos. La gente estaba tan desamparada que comenzó a desarrollar un nuevo culto: la adoración a la “Santa Muerte”; una especie de virgen de los delincuentes que sin embargo amparaba, no sólo a los malvados, sino a todos aquellos que por alguna u otra razón se habían visto orillados a delinquir o a prostituirse. La pesadilla rondaba todos los rincones de aquel pobre país religioso y sangriento. Javier Sifuentes, un joven recién titulado como contador se vio obligado por las circunstancias a tomar medidas radicales; estaba profundamente enamorado y sentía la urgencia de conseguir un poco de dinero que le ayudara a llevarse a Rosita Sandoval a vivir con él. Decidió viajar a la frontera a donde una agencia de subcontratación le había ofrecido un empleo para llevar a cabo auditorías al gobierno de un estado norteño. La tarea era riesgosa, todo mundo lo sabía, sus padres se lo advirtieron, sus amigos se lo dijeron, su novia se lo imploró, pero él estaba resuelto y tenía que conseguir el dinero a como diera lugar: la gente siempre exageraba las cosas y él volvería a casa con una cantidad segura que utilizaría para los primeros gastos de la boda y del menaje. Javier era moreno, bajito, delgado, de cabellos lacios y levantados con gel y estaba cercano a cumplir sus primeros veinte años de vida cuando se dirigió a la central de autobuses. Rosita le acompañó y lo despidió amorosamente rogándole a Dios y a la virgen de Guadalupe que pronto regresara con bien a la capital, y aunque ninguno lo sabía, Rosita ya esperaba su primer bebé. Ambos vivían en las afueras de la gran ciudad en donde la pobreza se sentía más y donde la miseria y la impunidad golpeaban con mayor rudeza. A los habitantes de esta zona era común que el ejército les exigiera un salvoconducto para poder transitar por el centro de la ciudad, zona que estaba amurallada y que albergaba a los habitantes de primera clase. Finalmente llegó a la frontera. Por algunos días todo marchó en calma, trabajando casi todo el día en una oficina tranquila y casi sin gente en un edificio de unos ocho pisos en el centro de la ciudad. Rumores de balaceras, de muertos, de desaparecidos se escuchaban todos los días en la fonda donde comían él, su jefe y sus otros tres compañeros de trabajo; otros jóvenes contadores que venían de diferentes ciudades del país. En la radio las noticias tétricas parecían repetir una otra vez la misma historia de levantones y secuestros, y a pesar de que el ejército rondaba las calles de día de noche, los grupos criminales perpetraban cada vez más atrocidades contra población civil; era como si una plaga invisible atacara a todas horas pero sin que nadie pudiera verla ni hacer nada. Una noche, al llegar a la posada en donde se hospedaban, Javier y su compañero de cuarto, otro joven de nombre José Antonio, platicaban en la tranquilidad de su habitación: Javier: oye Pepe, ¿y tú no tienes novia? Pepe: pues hay una morrilla por ai que me trai de un ala, la conozco desde quibamos en la secundaria, pero no me hace mucho caso puesn. Javier: pues insístele wey, seguro quel que persevera alcanza… mi novia Rosita también se ponía rejega y tozuda, pero ya nos vamos a casar eh ¿cómo ves wey? Es cuestión de hacer la lucha… Pepe: Pues tienes razón, pero tal vez ella no es para mí, anda con un vato de billete, de esos que andan en malos pasos y buenas trokas… además está rete chulota… ¡ay si tu la vieras! Javier: mmm ya veo… ps búscate otra wey, ya verás que con tantita suerte pronto llegará la tuya carnalito… ya verás… Dijo cerrándole un ojo a Pepe, quien, pensativo soltó una sonrisa juguetona y risueña para luego entristecerse visiblemente… Pepe: Pues eso espero… la verda sí me gustaría casarme algún día vato, pero por lo pronto no pienso mucho en eso por lo de mi amá… ¿sí te dije que está enferma, no? Javier: no… Pepe: Pues tiene cáncer y las medecinas son rete caras, así que tengo que darle al jale pa mandarle un varo a Zacayutla vato, si no se me muere mi viejita… tiene que pagar doctores, medecinas, tratamientos… es un cuento de nunca acabar… Javier prefirió cambiar de tema y preguntó: ¿oye Pepe y tú donde andabas cuando comenzó la guerra? Pepe: vivíamos en Zacayutla puesn, pero cuando se soltaron las primeras balaceras mejor nos fuimos a vivir a Veraluz, hasta allá fuimos a dar con la prole de mi amá… ¿y tú? Javier: No ps nosotros no hemos salido de Nezahualcóyotl, mis papás nunca quisieron salir de ahí… allá seguido hay balaceras también, desde que cancelaron las elecciones todo ha sido así de gacho… Pepe: Dice mi apá que desde antes ya estaba así la cosa, sólo que no se había declarado bien la guerra… Los jóvenes guardaron silencio. Sintieron que el cansancio de una larga jornada los vencía y se despidieron para intentar dormir. Javier miró las estrellas desde su ventana. Hacía un poco de frío, pero las la noche era perfectamente clara y transparente. Pensaba que pronto regresaría a ver a su mamá y a sus hermanos y que anunciaría sin demora su compromiso matrimonial. Le gustaba mucho el fútbol extrañaba también a los amigos en el campo cuando era niño y aún no iniciaba la guerra, varios de sus amigos habían muerto ya a estas alturas, ya fuera porque el crimen los había asesinado en algún ultraje o incluso simplemente porque se habían resistido a engrosar las filas de algún cartel. En su infancia se podía salir a la calle a jugar y no era necesario portar ningún documento para ir a la ciudad, la vida había cambiado mucho desde entonces y sólo quedaba una terrible nostalgia, una amarga sensación de vulnerabilidad y de fragilidad que flotaba en el ambiente. Pero él era optimista, sabía que pronto terminaría la guerra, lo decían en la radio y en la tele, todo volvería a ser como antes, como antes y con Rosita sería muy feliz, muy feliz, viendo a sus hijitos crecer y jugar futbol. Faltaban horas para su cumpleaños número veinte y por un momento se sintió feliz, respiró muy hondo y se dejó llevar por un profundo sueño casi infantil… Luego de algunas semanas de sentirse encuartelado por fin llegó el último día de trabajo. La auditoría estaba concluida y una comida especial les aguardaba. El jefe del proyecto, un hombre noble, maduro y sereno les había comprado pizzas e incluso beberían algunas cervezas en la misma oficina del edificio que seguía casi vacío. La tarde pasó tranquila, escucharon un poco de alegre música en un viejo radio de la oficina y algunas risas se escucharon cuando los jóvenes hicieron bromas subidas de tono. Pero un aire de desolación parecía azotar la ciudad pues desde las amplias ventanas de aquel edificio no parecían pasar autos, ni gente alguna… de pronto un estruendo rompió la puerta de la oficina y un grupo de hombres encapuchados venían con armas largas gritando: “¡ya se los cargó la chingada cabrones…!” La auditoría había revelado una serie de desvíos de recursos hacía diversos establecimientos fantasma, hacía el pago de honorarios a gente que ya había muerto, hacía empresas de logística electoral y hacía el establecimiento de casinos donde se prostituían a jóvenes inmigrantes. El mismo gobernador sería llevado ante la justicia si esa auditoría hubiera sido revelada en algún medio. Los cuatro jóvenes y el jefe encargado de la auditoría fueron sacados a golpes del edificio y conducidos hasta una casa de seguridad en las afueras de la ciudad. Los llevaron en una pick up de doble cabina, recostados en la caja de atrás y custodiados por los fríos cañones de sus fusiles de asalto. El día era nublado y frío, pero los levantados iban tiritando de miedo. Cuando llegaron a la casa, los bajaron, los amarraron, los metieron y los comenzaron a golpear cada vez más fuerte. Preguntas y preguntas sobre su origen, sobre la auditoría, sobre lo que habían descubierto y sabían. Al jefe le cortaron la lengua con un cuchillo, a Pepe le sacaron un ojo con un tenedor, al resto los golpearon hasta dejarlos sin aire y casi sin conciencia. Llevaron a los jóvenes al patio trasero en donde los dejaron tirados en el suelo polvoriento, mientras prendían fuego a los documentos de la auditoría. Recargados en la pared tenían una serie de tambos, garrafones con gasolina, palas, picos y justo en medio del terreno había una horrible guillotina que parecía haber sido sacada de alguna película de terror. Javier estaba llorando, sudando frío y con el corazón a miles de latidos por segundo, se puso pálido, se orinó, se le desató la diabetes, quería suplicarles que no lo mataran pero ni siquiera hubiera podido hablar de la impresión que le causaba la tan horrible y enorme guillotina en donde le querían meter la cabeza. En alguna ocasión vio alguna en un museo y pensó que aquellas máquinas de la Edad Media habían desaparecido para siempre, pero no era así, aquí en esta ciudad desgraciada, en esta casa de mierda asquerosa, tenían una maldita guillotina moderna, que se erguía cual implacable y fortísimo verdugo. Fue conducido por cuatro tipos gordos y fuertes hasta el patio de tierra en donde se hallaba dicho instrumento del demonio, le colocaron una bolsa en la cabeza y lo arrastraron hasta el preciso lugar en donde su cuello sintió la madera perfectamente tallada y bien lisa en donde le fue colocada la cabeza; pataleaba y trataba de decir algo, pero el papel de baño que habían puesto en su boca no le permitía decir palabra alguna… el miedo le heló los huesos por interminables segundos. Entonces uno gritó al otro, ¡suéltala ya primo! Y aquel bastardo maldito soltó la cuerda que detenía la enorme hoja de acero que cayó fuerte y rápidamente con un chillido estremecedor sobre el cuello de Javier… Pepe cayó desmayado. Los demás tenían los ojos vendados pero sabían que se trataba de algo espeluznante. La cabeza de Javier rodó por la tierra, salió de la bolsa y sus ojos de pronto vieron el país de cabeza… Una espantosa sensación de ahogamiento primero y luego de estar al aire libre le pareció al joven decapitado: ¡Dios Dios Dios Dios Dios Dios, Dios santísimo ¿¡qué está pasando!? ¿¡qué puedo hacer!? ¡me voy a morir! ¡me estoy muriendooo! Su cuerpo quedó a unos metros y todavía alcanzaba a escuchar las risotadas de aquellos malvados traficantes drogadictos que se comunicaban con alguien del gobierno para informarle que habían concluido el encargo e incinerado la auditoría completa con todo y gente. El que parecía ser el que comandaba la operación, un tipo alto, moreno, panzón y bigotón, dijo a través de su celular mientras fumaba profundamente: “Usté no se preocupe hefe, de esto nunca se sabrá naa…” El corazón de Javier aún latía, latió por unos segundos más bombeando sangre hacía el cuello por donde escurría chorreando hacia la tierra seca y polvorienta. La cavidad de la tráquea se alcanzaba a ver un poco blanquizca y un líquido viscoso y amarillento escurrió junto a la sangre. La cabeza, aún con vida pero ya sin cordura, alcanzó a parpadear con sus ojitos rojos y mojados, miró a los hombres con una mirada extraña como de inmensa tristeza, intentó respirar por última vez… Entonces trató de levantarse, movió sus manos pero estas no le respondieron, movió su cuerpo intentando levantarse pero éste no lo tenía más consigo…, el tiempo se hizo guango, como en los cuadros de Dalí, los relojes se estiraban, se multiplicaban y se difuminaban a tal punto que el horripilante momento se volvió una eternidad y mil eternidades multiplicadas por un universo de terror. Sus labios estaban morados, más bien grises, más bien secos, más bien muertos.   UN LUGAR LLAMADO MATAULIPAS 2010 Armando no sabía lo que le esperaba cuando se decidió a visitar la frontera norte. Había escuchado de gente baleada “por no detenerse en un retén militar”, de jóvenes asesinados en fiestas, de la guerra contra el narcotráfico, de los migrantes esclavizados, de las jovencitas violadas y asesinadas, pero pensó que él no cabría en ninguna de esas categorías de gente que corría peligro; siendo un simple profesor de teatro de preparatoria, perteneciente apenas a la clase medio baja de la gran ciudad, no sentía temor alguno pues no tenía mucho que perder. Su hermano, que vivía en Estados Unidos desde que la derecha había llegado al poder en su país, le había mandado una camioneta con algunos regalos para la familia y él debía recogerla en Matamoros. Al llegar a la ciudad, le pareció una ciudad bonita, con una infraestructura no tan miserable, con un par de hermosos lagos, y un clima templado, sin embargo era notorio el abandono poblacional; casas solitarias que parecían abandonadas se dejaban ver tristes y con algo de basura en sus polvosos patios. Algunas oficinas parecían haber sido bombardeadas, boquetes, orificios de bala y señales del fuego cruzado se observaba en altas camionetas y en algunas otras casas. Algo de película del oeste se sentía en el ambiente, salvo por algunos tanques con soldados histéricamente armados y con los nervios de gato en periférico que hacían cambiar el ambiente más bien a película gringa en el medio oriente. Las gasolineras estaban vacías y las calles desiertas, a excepción de una céntrica avenida principal en donde comerciantes y paseantes se daban cita para vender y comprar todo tipo de mercancías baratas y alimentos chatarra del estilo americano, pero fuera de ahí no había nada, y a partir de las siete de la noche todos los comercios estaban cerrados. Una sensación de desamparo cundía por la pequeña y otrora coqueta ciudad. Cuando le entregaron la camioneta, el chofer le advirtió, “ten cuidado con la maña, aquí todo está controlado por esos cabrones, ora que vayas con el mueble para México, si te los encuentras, mejor ni te pongas al pedo, con suerte y nomas te bajan la merca” Armando, por vergüenza, omitió hacer la pregunta de rigor: “¿qué es la maña?”, pero supuso que se trataba de algunos raterillos comunes, de esos que hay miles en la gran ciudad, de esos que te roban los tapones del coche, la cartera o el reloj y salen corriendo hacia una oscura callejuela con la cola entre las patas, a esos, pensó “los conozco como a la palma de mi mano”, podría reconocerlos a simple vista porque siempre andan nerviosos, mal vestidos y volteando para todos lados, son jóvenes, flacos, por lo regular morenos y con el bigote mal cortado. Invariablemente oyen música de banda norteña, andan a pie o en bicicleta y traen una mochilita medio mugrosa. Estaba harto de permanecer encerrado en un cuarto de hotel sin poder salir a ningún lado, sin poder salir a tomarse una sola copa en un bar porque todos estaban cerrados o porque eran exclusivos para “dilers” como algunos llamaban a “los y griegas”, la banda de traficantes de drogas que desde que tomó posesión el nuevo y flamante presidente se había convertido en la regidora de todas las cosas en el estado; además de exportar drogas en catapultas, cobraba rentas a los comerciantes, controlaba las carreteras libres y de cuota, secuestraban empresarios, extorsionaban profesionistas, “levantaban” periodistas y dominaban autoridades judiciales y políticas, pero su platillo favorito era asaltar paisanos de regreso a casa, cargados de dólares y de codiciadas mercancías gringas; patines, bicicletas y juguetes de moda que luego regalaban orgullosos a sus múltiples hijitos procreados con inocentes jovencitas en su mayoría golpeadas e intimidadas al más ligero respingo. No pocas de ellas habían muerto por una golpiza y luego al doctor le obligaban, pistola en mano, a asentar en el acta que había fallecido de “muerte cerebral por insuficiencia de oxígeno, causada por la ingesta excesiva de antidepresivos” o cosas parecidas. Los panteones de dicha ciudad estaban abarrotados y recientemente fastuosos mausoleos habían brotado por todas partes. La santa muerte tenía un templo enorme y ostentoso en una céntrica avenida. El párroco parecía ser la única persona que se sentía segura en aquella ciudad. Pero Armando apoyaba al presidente de la república. Había incluso votado por él porque creía que su principal opositor era un verdadero peligro para México, que le quitaría su casa (que algún día compraría) y que nos llevaría “al caos y al comunismo”. Además nadie tenía los pantalones del nuevo presidente quien sí se había atrevido a declarar la guerra contra el narcotráfico. Entonces emprendió el regreso a casa. Listo para evadir raterillos de poca monta y para llegar a la gran ciudad donde pronto gobernaría el partido azul, el partido de Dios y esparcería la guerra santa por toda la gran ciudad: “Para que la droga no llegue a tus hijos” Rezaba la cantaleta oficial. Tomó la carretera a Ciudad Victoria, sin encontrar nada que comentar en el camino. Al llegar a esa ciudad notó que se quedaba sin gasolina, así es que tuvo que detenerse en el único lugar disponible en 300km a la redonda, una tienda de abarrotes perteneciente a una cadena de minisupers flanqueaba la gasolinera, como un oasis de civilización en un desierto de pardas, llanas y simples carreteras. Entonces se detuvo, bajó del vehículo, se metió a la tienda. Armando era un joven delgado, blanco, de estatura media, de cabello lacio, corto y bien peinado. Se había quedado en los ochentas; usaba tenis converse, pantalón Levi’s y playeras tipo polo. Su rostro, que apenas mostraba sus primeras arrugas, dejaba ver unos ojos claros e infantiles. Nadie dudaría de su honradez y su bondad. De regreso a la camioneta, se sintió un poco cansado, pensó en detenerse en el siguiente motel para pasar la noche y tomar una ducha. Abordó la van. Al encender el motor escuchó una voz en la parte trasera que le decía “No la hagas de pedo huerco y camínale por la derecha” Cuando sintió el frío de la pistola en el cuello Armando sintió que la garganta se le cerraba, que la panza se le retorcía, que los oídos le estallaban. Varios hombres armados de alguna forma se habían metido en su camioneta e incluso estaban bebiendo latas de cerveza americana, como si estuvieran en la sala de su propia casa. Los compadres todavía se despidieron del que parecía ser el encargado de la gasolinera e incluso le pasaron por la ventanilla un rollito de billetes. Armando Imaginó que venía el ejército a salvarlo, que Supermán llegaba, que el presidente “tomaría cartas en el asunto”, pero no fue así. A menos de un kilómetro le hicieron tomar una desviación de terracería hasta llegar a lo que parecía ser un taller mecánico. Los hombres borrachos iban conversando sobre sus múltiples negocios y hasta reían comentando que estaba buena la chamba estos días, platicaban con el desempacho de un grupo de oficinistas que está a punto de salir a comer, como si la policía y ellos fueran una misma cosa, como si no tuvieran miedo alguno de ser detenidos por el largo brazo de la ley. Armando pensaba en todos esos hombres torturados, en todas esas mujeres violadas, en todas esas horribles historias de migrantes desmembrados y enterrados clandestinamente, pensó en las golpizas, en la cinta canela, en las detonaciones, en el olor a sangre y a podredumbre, en, en, en… perdió el sentido. Al día siguiente en la prensa se leía: Contempla EU envío de tropas a México contra el Narco. ¿QUÉ SERÁ DE DIOS? En un principio hubo un dios solitario y triste que no sabía qué hacer con el universo que recién había creado. De pronto tuvo una idea... ¿Y si creo a un ser humano a mi imagen y semejanza y lo divido en dos géneros que se atraigan unos a otros y que al unirse en un acto de amor profundamente gozoso se reprodujeran por sí mismos? ¿Y si los coloco en un mundo hermoso, lleno de una variedad inmensa de especies animales y vegetales, rodeado de impresionantes paisajes, de mares, lagos, ríos, volcanes, mesetas, desiertos, selvas, flores aromáticas, clima agradable y pájaros cantores...? Porque, ¿de qué me sirve vivir así, sin tener a quien cuidar, ni a quien observar si cumple o no con los mandatos del bien, si cae o no en las tentaciones, si me alaba o no, si entiende a sus semejantes o no, si se enamora y enloquece...? Pero, ¿y si me llegaran a traicionar, si llegara el día en que se sintieran autosuficientes y se olvidaran de mí...? ¿Si les diera la inteligencia para que ellos a su vez crearan a otros seres inteligentes y llegaran algún día incluso a superarme...? Entonces su soberbia sería la causa de su propia destrucción... y de la mía misma... Pero bueno, ¿de qué me sirven todos mis poderes si no puedo usarlos para que alguien más los aprecie? ¿De qué me sirve ser eterno e infinito, si no existe nadie que sea mortal e imperfecto...? ¿A quién podré ayudar si primero no creo alguien a quien criar y mirar crecer...? ¿de qué me serviría todo el universo que he creado si no hay nadie a quien escuchar, ni quien me escuche...? ¿Qué será de mí...? LOS ATEOS Caminaba por la calle con ella del brazo. Era un domingo más en la gran ciudad; familias enteras comían helado por el Centro. Turistas que paseaban con ropas ligeras, perros vagabundeando con su acostumbrada tristeza y uno que otro policía atento a todo buen par de piernas que pasara por ahí. En el zócalo, un evento parecía haber terminado. Una gran carpa estaba siendo retirada y mucha gente regresaba a casa con grandes pedazos de pan. Platicábamos sobre las gárgolas, tan frecuentes en esta área de la ciudad. Le decía como me atemorizaba cuando de niño mi padre me hacía acompañarlo por esta zona colonial. Imaginaba que esos monstruos salían volando y me mordían el cuello entre esas oscuras y macabras calles sin que nadie pudiera ayudarme. De pronto se apareció un museo y entramos casi sin pensar. Un bien conservado cadáver se exhibía apenas entrando a la primera sala. Nos pareció que en vida había sido un maleante desalmado de esos que sin el más mínimo escrúpulo andan por las calles con la sola intención de causar algún daño. Su cabello era lacio y negro, su abundante caspa aún visible. Los rasgos gruesos de su cara, un tanto contraídos, dejaban ver a un tipo recio y tostado por el sol. Sus toscas manos le hacían parecer un campesino que había huido a la ciudad. No parecía muy viejo, no tenía cana alguna y su piel tenía además un color rojizo, una extraña suavidad. Pero lo más sorprendente eran esos orificios en su pecho que hacían obviar la forma en que había muerto; quizá en un asalto a un banco, una joyería o un centro comercial. Salimos del museo algo turbados y exhaustos. Luego de cruzar la calle entramos a una enorme iglesia de esas que abundan en el Centro de la ciudad y aunque, fieles a nuestra formación universitaria y marxista, no creíamos en ningún dios, deseábamos apreciar las formas arquitectónicas y la decoración interior. Afuera la noche caía y las calles se quedaban cada vez más abandonadas y tristes. Salimos de dicho recinto y nos dirigíamos a casa. Apenas habíamos dado unos cuantos pasos cuando un par de tipos mal encarados que venían por la acera opuesta murmuraron algo que advertí sospechoso. Uno cruzó directamente hacía nosotros y el otro siguió por la acera, para luego cruzar buscando nuestras espaldas. Ella hablaba de la corrupción de la iglesia romana cuando yo me detuve, apreté su mano y la regresé casi a rastras fingiendo haber olvidado algo. Nuevamente entramos a la iglesia... estábamos a salvo.   EL CAMINO LUMINOSO Ella era todo lo que yo había amado. Viví¬amos juntos en un pequeño cuarto que rentamos cuando terminé la carrera y ella se quiso salir de su casa. Por varios años vivimos felices, aunque ella era muy rara y siempre estaba como escondiendo algo... lloraba por las noches cuando yo no estaba y cuando volvía a casa sus ojos notaba hinchados y sus almohadas húmedas de soledad. A veces me hablaba de su infancia, de los golpes que su padre le propinaba y las groserías con las que su madre la humillaba, decía que siempre había sido tratada como una tonta y que por eso se había vuelto rebelde y que incluso se había llegado a prostituir, aunque había sido sólo por algunas ocasiones. Su pasado era como una caja negra plagada de horribles pesadillas, incluso su padre había muerto de alcoholismo y por ello le molestaba que yo también bebiera en demasía. Un día fuimos a la playa, a un lugar muy alejado de la civilización donde habíamos escuchado que sucedían cosas extrañas por las noches. No sabíamos exactamente de que se trataba, pero yo quería que ella se olvidara por un momento de la gran ciudad donde vivíamos y del pequeño cuarto donde retábamos. Al llegar al pueblo nos maravillamos en verdad: la gente era amable y calmada, parecían seres felices a pesar de no contar con las facilidades modernas como electricidad y agua corriente. No tenían prisa alguna por subirnos a la lancha que nos cruzaría el tranquilo lago que nos separaba del mar. Una endeble y pequeña ramada estaba aguardándonos con sus múltiples hamacas puercos y perros callejeros, o más bien debería decir, “playeros”. Esa noche fue realmente mágica: comencé a beber como de costumbre y empezamos a observar las estrellas. La noche estaba completamente clara, como nunca se ve en la ciudad, incluso divisé estrellas que nunca antes había visto en mi vida, y noté que el universo era mucho más intrincado de lo que jamás imaginé. Algunas estrellas cambiaban de colores y titilando parecían flotar en un radio muy corto. De pronto una luz, demasiado grande como para ser estrella fugaz, cruzaba por el cielo a una velocidad incalculable... nos miramos atónitos, y la luz siguió hasta que el astro, o lo que fuera, desapareció en el horizonte, sólo que antes de hacerlo, parecía zigzaguear un poco y después evaporarse... Un rumor bastante escalofriante provenía del mar. Las olas cada vez rompían con más y más fuerza sobre la costa y la gente había desaparecido completamente a sus chozas o a sus hamacas a dormir... La brisa nos hacía sentir cada vez más mojados y vulnerables. La sensación de estar absolutamente solo en el universo me comenzó a invadir mientras que la oscuridad inmensa en la que nos hallábamos no nos permitía si quiera divisar las tan cercanas olas que parecían estar a punto de inundar nuestras almas. Comenzaba a sentir un enorme vacío en el estómago cuando de pronto un extraño brillo comenzó a brotar del fin del mar. Ella comenzó a llorar atemorizada y yo traté de calmarla diciéndole que seguramente era un gran barco que se acercaba, aunque en realidad yo también estaba aterrorizado... pero a medida que la luz crecía nos dimos cuenta de que se trataba de la luna y que simplemente estaba saliendo de madrugada en estas noches de abril. Pero algo sobrenatural se notaba en esta luna llena; era increíblemente grande y al reflejarse en el mar formaba un camino de luz que se hacía cada vez más ancho conforme se acercaba hacia nosotros. Era un camino blanco sobre el mar que parecía mecerse por momentos y por momentos detenerse completamente hasta hacerlo parecer una plataforma fija y plateada que invitaba a caminar al más allá. De pronto ella dejó de llorar y salió y dijo con voz hipnótica: ¡Me voy, Dios me está llamando...! tomó el camino blanco sobre el mar y se fue alejando hasta desaparecer entre las olas...   VOLVEREMOS A VIVIR Un joven muchacho llegó muy triste a su escuela luego de haber platicado con su madre, quien, ya viejita y en silla de ruedas, le decía que después de muerta, en el Paraíso, ella volvería a correr como cuando era niña, y volvería a subir y a bajar en los juegos del parque y a ser muy feliz con plena salud y rodeada de su padre y su madre y demás seres queridos muertos hacía muchos años. El joven, conmovido por lo que consideró la ingenuidad de su madre, se dirigió a su escuela y muy pensativo se sentó en el fondo de la biblioteca... “¡qué triste debe ser llegar a viejo! -pensó-, ¡qué horrible debe ser no poder correr más, ni poder ver la vida hacia adelante lleno de ilusiones, sino vivir de los puros recuerdos y del pasado! ¡Qué deprimente debe ser sentir que tu vida se termina y que tu oportunidad se agota y que nada de lo que hagas podrá cambiar ya nada, pues ya todo ha sucedido y sólo queda esperar la muerte, y es que en realidad no hay nada más allá, ni siquiera hay “más allá”, simplemente no hay nada, por lógica, no tiene por qué haber nada, simplemente el cuerpo de uno se reintegra a la materia y ya, reintegrarse a la naturaleza, si es que alguna vez se estuvo desintegrado de ella.” Pensó el estudiante. Tomó sus clases del día, era invierno, había llovido un poco y sin embargo, ahora la noche era clara y estrellada. La escuela se encontraba incrustada en un hermoso bosque y había sido construida sobre roca volcánica; restos de una erupción acaecida hacía miles de años, la cual había matado mucha gente. Seguramente estaban parados sobre los huesos de hombres, mujeres y niños, antiguos pobladores de la ciudad; de otra ciudad y sin embargo la misma. La escuela era alumbrada por románticos farolitos y todo el tiempo se escuchaban múltiples risas de alegres jóvenes que de día y de noche fraternizaban, se besaban y jugaban por los pasillos y por todas partes de aquella gran y hermosa escuela. Ardillitas brincoteaban por los árboles y pajarillos de diversas especies trinaban en todo momento posados en sus múltiples y elevados pinos y encinos que caracterizaban al colegio. En la clase de filosofía el profesor les habló del “panteísmo”, de la idea de que la naturaleza era dios y que por lo tanto todos somos parte de la naturaleza y de dios y del universo, en suma, que dios no creó al universo, sino que el mismo universo es dios y uno es parte de ese universo y de ese dios, que es lo mismo. Pero había algo que todavía no entendía… si nunca jamás volveríamos a vivir lo ya vivido y si la naturaleza era parte de dios, o viceversa; ¿Cuál sería el fin de la vida? ¿Para qué habríamos nacido o para qué la naturaleza y Dios habrían creado al mundo o a sí mismos? Salió del salón pensativo, y sin hablarle a nadie se dirigió a la parada del autobús, a la cual había que caminar largas cuadras. La noche era suave y un extraño silencio se percibía en la ciudad. En el camino, por casualidad, se encontró al profesor de filosofía, un hombre maduro, barbón, delgado y fumador que caminaba lento y tranquilo, siempre mirando su pipa y dando la impresión de estar platicando con ella. Luego de intercambiar amables saludos, no tardó en preguntarle lo que tanto le intrigaba: Disculpe profesor, ¿usted qué piensa que haya después de la muerte? Dijo el joven, como si en la pregunta misma se le fuera el alma, con un miedo terrible de no obtener la respuesta que quería, como si temiera que el profesor le respondiera que efectivamente, no había nada después de la muerte. El profesor miró las estrellas y fijando su mirada en el cielo le explicó sus creencias: yo pienso hijo que… como tú sabes el universo estuvo alguna vez todo junto, toda la materia del universo estaba en un mismo punto, diminuto, inconcebible, de pronto estalló y se esparció formando el espacio, y se crearon las galaxias, los sistemas solares y nuestro planeta. Después nació la vida, las plantas, los animales, llegamos nosotros, los humanos (quienes, por cierto, no somos tan diferentes, como pensamos, unos de otros), y creamos el mundo tal como lo conocemos… y dentro de algunos miles de millones de años el sol se apagará y el mundo se acabará,… pero creo que algún día el universo se va a detener y volverá a unificarse en un movimiento inverso al del big bang, y entonces, cuando termine de juntarse toda la materia, volverá a explotar y volverán a crearse las galaxias y volverá a crearse el mundo y volveremos a vivir nosotros y algún día, dentro de muchos miles de millones de años… tú y yo volveremos a caminar por esta calle sobre otros muertos y volveremos a fumar juntos, y luego tú serás profesor de esta escuela y un nuevo joven llegará a preguntarte lo mismo, y tú y yo volveremos a morir y luego -dijo fumando su pipa y con ojitos entrecerrados- volveremos a vivir. EL PROFESOR PERFECTO Lo que México necesita es solidaridad. Carlos Salinas de Gortari I Este era un profesor que estaba convencido de que no sólo enseñaba conocimientos, sino también habilidades y sobre todo, actitudes. Trabajaba en una preparatoria muy moderna, con instalaciones de primer nivel y la cual había sido creada para atender a los estudiantes más marginados de la ciudad. El profesor era famoso por no faltar a ninguna clase durante el año escolar y jamás había llegado tarde. También era muy exigente con sus alumnos porque estaba firmemente comprometido con el nivel académico del sistema y además, deseaba fervientemente que en un futuro le reconocieran con una medalla al mérito docente y… ¿por qué no?, con un ascenso a Director General de las Escuelas de la Esperanza. Después de todo siempre había intentado brillar en las juntas plenarias y se distinguía por ser el primero en cumplir al pie de la letra con las indicaciones de la burocracia administrativa y académica. Lo tenía todo, absolutamente todo para lograr su objetivo; maestrías, doctorados, idiomas, cursos, diplomados… casi diez años impartiendo ética… no tenía la menor duda de que en el mediano plazo, en dos, quizá en tres años… cuando mucho en cinco años estaría despachando en las oficinas de la Dirección General… Pero sólo había un obstáculo… Tenía que eliminar de su camino a como diera lugar al nuevo profesor de literatura… aquella lagartija humana que era tan mal profesor que se atrevía a llevarse bien con sus alumnos… que era capaz de sonreír a todo el mundo y hasta de hacer sus clases divertidas… en alguna ocasión incluso lo vieron tocando guitarra y cantando alegremente con estudiantes en un salón… “¿¡cómo podía el director tolerar semejante desfachatez!? Pero en cuanto logre el ascenso de inmediato pondré a ese mequetrefe de patitas en la calle” Pensaba día con día el profesor que quería ser perfecto. Buscó la forma de destruir a su rival, de separarlo de su cargo lo antes posible… inventó rumores en su contra, azuzó a los supervisores de pedagogía para que lo auditaran por sorpresa, lo imaginó en la cárcel, lo imaginó despanzurrado y muerto en un arrabal del rumbo. Pero el profesor no caía… por el contrario, cada día se ganaba más la confianza de sus superiores, compañeros de trabajo y estudiantes. La situación era ya insoportable… el profesorcito había ido demasiado lejos y debía ser eliminado… tenía que ser un crimen perfecto pues de lo contrario su carrera estaría arruinada. Fue una noche de viernes en la que por fin se decidió a terminar con todo. Tenía los detalles minuciosamente planeados, nada podía salir mal y el literato de cuarta no volvería a ver la luz del día: “¿Cómo se había atrevido a superar mi fama? ¿Cómo podía tener mejores estadísticas? ¡Sólo los ignorantes podían considerarlo superior a mí!” Luego de terminar su clase puntualmente a las ocho de la noche, en la cual había enseñado con mano férrea la cooperación en equipo, la tolerancia, el respeto y los valores más elevados del ser humano, el profesor subió a su auto, se colocó los guantes negros con los que solía conducir su deportivo… abrió la guantera… vio brillar la Mágnum 44 y la colocó entre sus piernas. Vio salir a su rival caminando en solitario para dirigirse al paradero de autobuses… salió despacio tras él y lo rebasó para estacionarse unos cuantos metros adelante… Empezaba a llover y la noche era cada vez más helada. Los alumnos habían desaparecido, el alumbrado vaciló por un momento y despareció, era el momento perfecto para terminarlo. Vio su silueta acercarse por el retrovisor… quitó el seguro a su arma… bajó el vidrio automático de su Honda deportivo y esperó a que ese profesor inmundo estuviera a su alcance… Pasó muy cerca, casi ensuciando su auto… ¡Hasta mañana Carlos! fueron las últimas palabras de tan despreciable profesor. II Carlos vio al fin a su rival muerto, en un charco de sangre, agua y lodo, a unos cuantos metros de la escuela. Se sintió lleno de regocijo y emprendió la huida al amparo de la oscuridad. A la semana siguiente la escuela se convirtió en un manojo de nervios y ya nadie quería salir solo por las noches pues se corría el rumor de que todo había sido obra del “asalta-profes”; un peligroso delincuente que recientemente había salido de la cárcel. Pero esa versión surgió sólo porque después de caer muerto, el profesor de literatura había sido robado por un drogadicto que pasaba por el rumbo y eso dio pie a que los investigadores pensaran que se había tratado de un asalto, un crimen más que quedaría sin resolver en la ciudad… y sin embargo esto apenas comenzaba para Carlos. Con el tiempo empezó a sentir una extraña sensación de que algo había salido mal, pero no entendía qué… nadie sospechaba en absoluto de él y la policía jamás lo interrogó, incluso estuvo en el funeral de su compañero y le compró una enorme corona… quizá la más costosa de todas las que habían llegado, hasta la viuda le agradeció de todo corazón que se hubiera ofrecido a pagar los gastos del funeral que, sin embargo, explicó la señora, ya habían sido cubiertos por la familia de su fallecido esposo. Pero Carlos pensaba en la esposa de su rival… la había visto tan joven, tan bella y ahora… viuda. Le empezaba a inquietar el hecho, antes desconocido de que la esposa de su enemigo fuera tan hermosa y que tuvieran un hijo… un pequeño niño de apenas unos meses… Al poco tiempo Carlos tuvo un sueño muy extraño: la viuda se le aparecía vestida de novia y con amargas lágrimas le reclamaba haberle matado a su amado: “¡Teníamos un hijo… toda una vida por delante y tú lo mataste… ahora mi hijo crecerá sin padre… si tan sólo la policía te descubriera… pero lo vas a pagar, lo vas a pagar porque no podrás vivir con este secreto y lo tendrás que gritar, algún día lo tendrás que gritar a los cuatro vientos y admitir ante ti mismo que has actuado mal y que has traicionado tus principios más valiosos y de los que tanto te ufanas… ya lo verás…!” Carlos empezó a sentirse turbado. A partir de esa noche comenzó a ver, y cada vez con más frecuencia, la figura del profesor muerto caminando por la escuela como si nada hubiera sucedido, como si en realidad todo aquello hubiese sido un sueño, una horrible pesadilla, pero no era así y cuando Carlos se trataba de acercar al profesor para saludarlo, se sorprendía al darse cuenta de que en realidad era Jorge, o Pedro, o Toño quien en realidad estaba frente a él. En varias ocasiones había llegado a interrumpir su clase quedándose como ido, con la mirada perdida en alguna pared del aula recordando el sonido horrendo de las detonaciones y del profesor cayendo al suelo con un ligero gemido y la sangre que alcanzó a ver salir de uno de sus oídos…. Ya era demasiado, algo tenía que hacer o acabaría volviéndose loco. Una noche volvió a soñar mal. El diablo venía a llevarlo al infierno y él corría, corría pero no podía alejarse; era la noche del asesinato y Carlos no podía escapar, no podía huir porque el diablo había provocado que una falla en la computadora de su Honda deportivo le hiciera imposible salir rápidamente del lugar y que una patrulla de la policía llegara para detenerlo… el diablo incluso traía a estudiantes de testigos y lo llevarían a la corte para ser juzgado por asesinato con todas las agravantes; premeditación, alevosía y ventaja… su vida estaba arruinada, su carrera terminada, acabaría sus días encerrado en una apestosa celda rodeado de pelafustanes de la peor calaña y siendo vejado y martirizado día con día por los reclusos. Era el mismísimo infierno el lugar al que estaba entrando… nunca en su vida había creído en el averno y ahora estaba hundido en él, en aquella jaula hedionda llena de barbajanes que no eran capaces de leer una cuartilla sin aburrirse. ¡Dios santo! ¿Qué he hecho para merecer esto? Decía el profesor Carlos. Pero el diablo se burlaba de él tenebrosamente, su figura monstruosa emitía carcajadas que alcanzaban decibeles similares a los de su arma al disparar, hasta que Carlos le propuso un trato: “Diablo” dijo Carlos, “estoy dispuesto a entregarte mi alma si me permites regresar al momento del crimen para modificar algunas cosas… podré soportar después una eternidad en el infierno, pero la deshonra pública, la burla y la mancha de mi imagen ante mis alumnos es algo que simplemente no puedo tolerar… acepta mi alma y sólo permíteme regresar un poco antes de haber matado a ese hombre… creo que estoy arrepentido.” El diablo asintió con una sonrisa burlona y sólo dijo: “Mátalo otra vez, anda… sólo necesitas un poco de odio y un poco de valor… aunque al final te estés matando a ti mismo…” y el diablo desapareció. Carlos despertó en la escena del crimen, no había sido un sueño, en verdad había regresado el tiempo: miró sus guantes negros sobre el volante, el alumbrado apagándose y el retrovisor que delataba al profesor de literatura acercándose cada vez más rumbo a la parada de autobús. Carlos tomó su arma… “¡Hasta mañana Carlos!” dijo el profesor que se mojaba bajo la lluvia… ¡Hasta mañana Jesús! Respondió Carlos con una humilde reverencia, subió el vidrio eléctrico y guardó su Mágnum 44 en la guantera. En la siguiente junta plenaria Carlos dirigió un discurso ante los profesores que inició así: “Tuve un sueño donde los profesores se destruían los unos a los otros… donde la intolerancia y la mala fe imperaba y donde al final… todos salíamos perdiendo… pero creo que lo que nuestro país necesita es más solidaridad y menos pleitos de partido, menos pleitos personales. Lo que necesitamos es colaboración en equipo y fraternidad sincera entre todos los compañeros… Lo que nos hace falta es humildad y respeto ante los demás… Lo que necesitamos es escuchar a los demás y aceptar nuestros errores… De antemano ofrezco una sincera disculpa si a alguien he ofendido…” al terminar Carlos fue ovacionado de pie y al poco tiempo logró su primer ascenso a Director de un plantel cercano llamado “Tlahúac”, y con los años llegó a ser Director General de las Escuelas de la Esperanza. TENÍA 54 AÑOS Arnoldo Ramírez había llegado temprano como siempre a su oficina en los últimos pisos del edificio de la compañía de Petroleos Nacionales, uno de los más altos y hermosos edificios de la gran ciudad. Llevaba una vida agitada pues era ambicioso y su carrera había ido ascendiendo día con día hasta ocupar el puesto de director general de adjudicaciones, uno de los puestos más peleados por los jugosos negocios que se podían hacer desde la oscuridad con la que solían conducirse los empleados de dicha empresa gubernamental. Tenía tres hijos, todos ellos profesionistas universitarios con grandes expectativas en la misma empresa en que trabajaba su padre. Economista de profesión, siempre dirigió su hogar con mano dura, pues así había sido criado por su padre en un diminuto poblado de la provincia, en donde trabajó casi hasta su adolescencia sembrando maíz. Fue en los años setentas, en que se vino a la ciudad a estudiar su bachillerato en la mejor universidad pública del país, de la cual se graduó con honores y pronto se casó con su compañera de generación Magdalena Ochoa. Hacía un par de años había iniciado una relación muy tormentosa con la directora de una de sus principales empresas contratistas, una alemana de una personalidad y cultura extraordinarias. Era una mujer un poco más alta que él, cabello rubio, ojos azules y una figura tan exquisita que Arnoldo había omitido en repetidas ocasiones cumplir a fondo con el papeleo respectivo para adjudicar a la empresa alemana la mayoría de los contratos de operación en el golfo y gran parte del territorio nacional. Pero a últimas fechas Sherling había actuado un tanto extraña, y Arnoldo comenzaba a sospechar que su amante planeaba algo cuando le comentó que su jefe en la dirección general le había cuestionado sobre ciertos aspectos de la última licitación que no le cuadraban y que ya lo tenían muy nervioso por el cambio de administración y la ola de auditorías que se avecinaban. No solo estaba corriendo peligro su trabajo, sino que estaba seguro que si llegaran a descubrirle todas las maniobras y sobornos que había tenido que repartir a sus subordinados para entregar esos cuantiosos contratos a la empresa de Sherling iría directo a la cárcel y a la desacreditación pública y... lo que era peor. La imagen de hombre respetable y recto que tenían de él sus hijos, amigos y vecinos se vendrían abajo. Lo peor de todo es que temía que Sherling le hubiese tendido una trampa y en la última cena romántica le hubiese extraído unos diskettes privados en donde había guardado información extremadamente confidencial de otros tantos movimientos sucios de sus superiores, que ni ellos mismos le habrían confesado. La oficina era un mar de nervios hacía un par de meses, y a unos días del cambio de administración hasta los elevadoristas andaban más callados que nunca y el señor de las fotocopias ni siquiera subía el volumen de su radio como solía hacerlo hasta la última discusión entre Arnoldo y Enrique Velázquez, director de contraloría interna, viejo lobo de mar que le había echado el ojo a Arnoldo desde que alguna vez discutieron hasta llegar a los golpes en un bar de Las Vegas, en una noche de juerga, luego haber concluido una sesión de dos días de pláticas sobre inversiones con empresarios de Estados Unidos. Arnoldo prendió su puro y empezó a ordenar algunos documentos que la noche anterior no había terminado de firmar. Pidió a su secretaria un café y ordenó que no se le interrumpiera mientras continuaba buscando sus diskettes perdidos en una noche más de sexo, alcohol y cocaína con Sherling. Arnoldo estaba cada vez más angustiado al no encontrar dichos archivos... ¿y si en realidad Sherling los había robado? ¿ y si en verdad Sherling le tendiera una trampa? De solo pensarlo Arnoldo sentía que el mundo se terminaba para él y que no podría soportar caer preso por corrupción durante los años que le restaban de vida. Sus hijos ya estaban realizados, y aunque Lupita y Jorge eran un tanto inocentes, Alfonso era, además del mayor, capaz de consolar a Magdalena y mantener la unidad de la familia. Era en él en quien siempre había confiado y sabía que nunca le iba a fallar. De pronto sonó el teléfono. Su secretaria dijo, “Señor, le llama Sherling desde Frankfurt, dice que se trata de algo urgente.” Arnoldo sintió que el corazón se le salía... la respiración le faltaba y luego de un largo suspiro, dijo con voz un tanto ronca. “Comuníqueme...” Sherling confirmó sus temores, pero lo peor no había podido siquiera imaginarlo. Sherling había salido intempestivamente del país pues la inteligencia estadounidense los había rastreado, y en lugar de usar los diskettes para chantajear a Arnoldo, habían sido interceptados y ahora estaban en poder de senadores de oposición. Todo parecía apuntar, dijo Sherling, a que esos asquerosos senadores de oposición cambiarían el rumbo de los contratos de explotación petrolera hacia empresas estadounidenses. Solo tenía unas cuantas horas o minutos para escapar antes de que, en el noticiero de televisión de la mañana, apareciera en sesiones de lujuria con la directora de Frankfurt Oil Company y llegasen los policías federales a detenerlo por fraude contra la nación... Arnoldo dejó de escuchar, perdió todo sentido de la orientación... su puro incluso estaba quemando ya algunos documentos de su Cougar última edición que acababa de adquirir en una agencia cercana a su oficina... Se puso lentamente de pie y se acercó caminando a paso lento a su balcón, desde donde se apreciaba toda la enorme ciudad. Era un día totalmente nublado, frío, ideal para una tragedia. Miró el edificio del Palacio de Justicia, miró la agencia Cougar donde había firmado el contrato de adquisición de su auto. Alcanzaba a ver incluso los majestuosos volcanes tras de los cuales laboró durante tantos años al lado de su padre. Recordó los días en el campo, el pequeño río que corría al lado de su pueblo natal. Escuchó la voz de su padre decir “Hijo... te quiero mucho”, poco antes de morir a sus 84 años. Recordó toda su infancia, los castigos de su madre, los cuentos de hadas, las novias de la escuela, las noches de juerga en la universidad, los profesores y los compañeros. Hasta vio a su perro que fuera su mejor amigo durante sus años de inocencia. Vio nacer a sus hijos, sus desvelos y sus enfermedades... su boda, sus suegros que tan bien lo habían querido... recordó a Magdalena y la noche en que tuvo aquel maldito aborto... se vio en las entrañas de su madre y escuchando a su padre decir, “Será un hermoso chamaco, se ve porque tu panza cada día es más redonda...” Arnoldo extendió sus alas al cielo... y voló eternamente. P.D. Al día siguiente los diarios reportaron: *CIUDAD DE MÉXICO, México, oct. 7, 2004.- El asesor del director corporativo de Petróleos Nacionales (Penac), Arnoldo Ramírez Padilla, de 54 años, falleció la mañana de este jueves, al arrojarse desde el doceavo piso de la Torre "A" de la paraestatal, ubicada en avenida Marina Nacional, informó la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (SSP-DF). El Centro de Información Policial de la SSP precisó que de acuerdo con testigos, el funcionario se aventó al vacío, sin que hasta el momento se conozcan los motivos que lo obligaron a ello.   UN SUEÑO Y UN MUERTO - Odio las telarañas, ¿sabes?, aquí abundan.- Le decía mientras él tranquilo contestaba: -Pues aquí no hay, ni siquiera tendrían de donde sujetarse… - ¿No hay algo que siempre hayas querido hacer y nunca hiciste? Pregunté cambiando de tema. - ¡Sí, cómo no!, siempre quise abrazar a mi hermano sin que fuera Navidad, cantar sin inhibiciones, ser medallista olímpico, pintar cuadros… muchas cosas, pero ahora ya no me preocupa porque mi mayor anhelo ya se ha cumplido. - ¿De verdad?, ¿Cuál? - Mi mayor anhelo era verme a mí mismo en una especie de película que proyectara toda mi vida, mi infancia, las cosas que hacía, lo que soñaba, mis preocupaciones, día con día sin perder detalle. Observarlo sin prisa y sin hambre, pero no sólo mi infancia, también mi adolescencia y ver todo lo que hemos olvidado a fuerza de vivir todo el tiempo en un maremagnum de ocupaciones sin detenernos a reflexionar y pensar con calma de dónde venimos y hacia dónde vamos. Quería volver a vivir todo aquello, los paseos al parque, las peleas a golpes con los chicos del colegio, los enredos amorosos, las películas que veía en el cine Galaxia, las vacaciones en la playa, los maestros, el catecismo, el pueblo de mi madre, el día de muertos cuando salíamos a pedir calaverita y todo aquello que hemos olvidado para convertirnos finalmente en fantasmas de lo que un día fuimos. - Nunca lo había pensado, pero es muy interesante lo que platicas. -Bueno, todavía no termino –continuó-, mi mayor anhelo también incluía otras cosas, como observar de la misma forma que vi mi vida, la de mi familia, la de mis padres, la de mis hermanos, mi esposa, la de mis hijos y no sólo eso, sino saber el motivo real de nuestra existencia en la tierra, la verdad de todas las cosas y vivir en una eterna fiesta de alegría y paz con todas las personas, donde nadie sintiera impotencia ni dolor, ni temor ni nada, bueno, eso y muchas cosas más que no puedo platicarte. - ¿Pero por qué no puedes platicarme? –Pregunté incisivamente- - Porque ya debo partir. - Bueno, hombre, al menos podrías decirme cual es el fin de nuestra existencia –inquirí notando repentinamente la confusión mental en la que me hallaba, pues todo era brumoso, no tenía control de mis movimientos y ni siquiera podía distinguir con claridad a la persona que me hablaba- - Lo sabrás cuando estés muerto como yo y despiertes de este sueño.   COMIDA RÁPIDA Ella recorría la enorme explanada central frente a la biblioteca de la universidad cuando Sergio la miró. Guadalupe, ahora estudiante de arquitectura, había cursado el bachillerato en el mismo colegio que él, por lo que sus rostros no eran del todo extraños entre si. Desde aquel tiempo y por algún motivo Guadalupe había llamado fuertemente la atención de Sergio, así que al mirarla sintió que era su gran oportunidad, clavó sus ojos en ella y se apresuró a interceptarla. Ella también lo había deseado y también había notado su presencia, pero era mujer, y las mujeres no pueden arriesgarse a hablar primero en los asuntos del amor, mucho menos cuando se es tan inexperta, por ello, lo miró de reojo y siguió caminando, aunque distraídamente. Él inquirió: - ¿A dónde vas?, - A la biblioteca –¿Puedo acompañarte? - ¡Claro!. Él siempre había gustado del olor y la atmósfera de las bibliotecas, y no es que le agradara la lectura, sino que las encontraba excitantes... ese silencio, esa sensación de solemnidad y censura le producían incontenibles deseos de hacerlo, de poseer al amparo de los múltiples y desolados escondijos de la biblioteca. -Entonces ¿estudias arquitectura? Preguntó Sergio. -Sí, curso el quinto semestre, ¿y tú? -Estudio contaduría. -Creo que no está el libro... ¡debería estar por aquí! Exclamó Guadalupe con falsa molestia. –Qué mala suerte. Dijo Sergio en una más de sus falsas poses. No habían conversado más de cinco minutos y ya había contado más mentiras que pasos había dado. Se estaba haciendo tarde y ya cerraban la biblioteca. Era una fría noche de viernes y poca gente deambulaba por la universidad, pues los cursos habían terminado y los estudiantes se hallaban en casa con sus últimos trabajos, si acaso, o en inaccesibles reuniones dionisiacas. Guadalupe dijo que necesitaba hablar con un profesor y le pidió acompañarla a su facultad, así que se dirigieron hacia allá cruzando la hermosa y solitaria explanada bajo una luna parca que tibiamente se reflejaba en el Espejo de Agua. Pero aunque este era un día especial para ella, pues desde esa mañana tenía 21 castos años, ello sólo agravaba aún más su sensación de soledad. Llevaba una vida tan pobre, aburrida y melancólica... Guadalupe sentía que nadie se interesaba por ella. –Sabes una cosa, hoy es mi cumpleaños. Dijo con una leve sonrisa en sus opacos labios. –¡¿De verdad?!..., ¡felicidades! Sergio la apresó con dulzura mientras preguntaba -¿Y cuantos años cumples? –Veintiuno. Replicó insegura. Para ese momento ya se encontraban en la facultad de arquitectura, de extrañas puertas inclinadas, para luego bajar unas escaleras que conducían a unos fríos pasillos, hasta que Guadalupe dijo que habían llegado a su salón. Era un silencioso y oscuro sótano. –¡Se han ido todos! Dijo con falsa tristeza, mientras se acomodaba en unos de los bancos del interior. Afuera empezó a llover justo antes de que Sergio apagara la luz y asegurara la puerta... un nerviosismo extraordinario dominó los siguientes instantes. ...dejó de llover. -¡Es tarde! dijo mirando el reloj de Sergio. Se metieron en las calles y se dijeron adiós. Nunca volverían a verse.   INSTANTÁNEAS DEL TIEMPO Caos, materia, átomos, explosión, expansión, luz, universo, galaxias, estrellas, planetas, lunas, hoyos negros, volcanes, erupciones, carbono, aminoácidos, mares, células, gérmenes, animales, sexo, miedo, hambre, sed, dinosaurios, mamuts, caballos, monos, hombres, llanto, risa, recolección, caza, pesca, agricultura, familia, cuevas, ruedas, números, lanzas, flechas, lenguas, dioses, filosofía, musas, murallas, maderos, velas, cuerdas, barcos, vino, Rómulo, Remo, ciudades, reinos, imperios, religión, ambición, corrupción, guerras, muertes, poesía, canto, pirámides, ritos, viajes, comercio, continentes, dominación, imposición, evangelio, castillos, palacios, iglesias, papados, cismas, catedrales, esclavitud, dinero, revoluciones, países, partidos, tiranos, dictadores, gobiernos, ideologías, abortos, edificios, elevadores, industria, autos, trenes, aviones, papel, fábricas, libros, escuelas, estudiantes, museos, residencias, petróleo, contaminación, televisión, soledad, depresión, ozono, tecnología, aceite, gas, basureros, ruido, computadoras, cohetes, clonación, internet, sectas, huracanes, calentamiento, ciclones, torbellinos, cataclismo, secuestros, violencia, Bush, Blair y caos. EL TOPE QUE QUERÍA SER SEMÁFORO Había una vez un tope que quería ser semáforo. Soñaba con el día en que lo convirtieran en un hermoso y alto semáforo con sus tres colores relucientes y su funcionamiento automático. Quería civilizarse, quería salir del tercer mundo y al fin convertirse en un flamante semáforo nuevo. Estaba harto de que todo mundo lo pisoteara, de que lo sobajaran, de que lo miraran hacia abajo… quería que lo respetaran, que lo tomaran en cuenta y que dejaran de decirle “¡maldito tope!”... ¡Si tan solo pudiera transmutarse en semáforo! Las autoridades habían llegado al extremo de ponerle un compañero a sólo un par de metros con la esperanza de que así lo respetaran, pero no… todo había sido en vano e inmediatamente después de apachurrarlo, autos y camiones aceleraban al máximo ignorando por completo la función reductora de velocidad de dichos monumentos a la estupidez. Tenía un primo en Estados Unidos que era una simple señal de tránsito que decía “Stop”; todos los autos se detenían completamente al sólo mirarlo y después de contar hasta diez avanzaban nuevamente sin una sola maldición en su contra. ¡Ah que vida la de su primo!, él sí era una señal respetada y valiosa para la sociedad y no un lastre y un estorbo para todos como él… Pero así eran las cosas de absurdas en ese país: los políticos eran delincuentes, los narcotraficantes eran admirados y los defraudadores tenían que cuidarse de los asaltantes, era un país de trogloditas donde incluso unos policías fueron quemados porque se atrevieron a entrar a un pueblo sin consentimiento de los moradores, un país lleno de bárbaros y salvajes semihumanos que deambulaban por el pavimento en lugar de subirse a las banquetas. ¡Bueno, hasta los canes daban muestras de mayor educación vial y utilizaban los puentes peatonales para cruzar las avenidas mientras las personas arriesgaban su vida cruzando a toda velocidad con sus niños de la mano! Parecía que en ese país se trataba de poner topes a diestra y siniestra, parecía que se quería evitar a toda costa que el compañero avanzara, que los demás progresaran, no existen registros de un país con gente más envidiosa. Pero todo era parte de la ideología de aquella tierra; ponerles trabas a los demás, hacerles la vida difícil llenando las avenidas de topes y la vida cotidiana de trámites, copias, bancos y engorrosos papeleos. Pero este tope ya había despertado y quería cambiar, quería ser como su primo, quería ser respetado y valorado por todos los ciudadanos. El tope siguió soñando toda su vida sin poder siquiera salir de su pueblo… ¡ah, cómo envidiaba a su primo!

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